En la era de la hiperconectividad, la política parece haber mudado su centro de gravedad desde las plazas públicas hacia los algoritmos de las redes sociales. Hoy, el ciudadano nayarita se enfrenta a una saturación de imágenes que obliga a una reflexión profunda sobre la autenticidad. ¿Qué es lo que realmente estamos viendo en nuestras pantallas? Hay una línea divisoria, casi invisible pero fundamental, entre quien utiliza la fotografía como un trofeo de estatus y quien la utiliza como el testimonio de un compromiso compartido.
El espejismo del «Relumbrón»
Es innegable que el entorno actual ha propiciado la aparición de una narrativa basada en la estética: sonrisas perfectas, encuadres cuidados con filtros de alta gama y la constante exhibición de marcas de diseñador o accesorios de lujo que contrastan, muchas veces de forma hiriente, con la realidad de las comunidades en la sierra o la costa. Esta es la política de la «validación por asociación»: figuras que basan su valor en con quién se toman la foto —ya sean funcionarios de alto nivel o figuras nacionales— y no en lo que han construido con sus propias manos.
Esta narrativa del éxito personal, que presume cercanía pero destila distancia, suele aparecer con mayor fuerza en periodos donde la visibilidad se vuelve una obsesión. Es el discurso de quienes dicen que «todo es felicidad» desde el confort del privilegio, ignorando que las carencias estructurales no se resuelven con una publicación en Instagram.
La legitimidad del territorio
Frente a esa política de vitrina, emerge una figura distinta, una que se gesta fuera de los presupuestos oficiales y de los cargos de relumbrón. Hablamos de la política que se hace a ras de suelo, sin relojes de lujo ni montajes ecuestres. Es el perfil de quien recorre el estado no para «ser visto», sino para escuchar.
La diferencia es sustancial:
• Unos buscan la foto con el poder para sentirse respaldados.
• Otros buscan la foto con el pueblo para que la necesidad sea visibilizada.
Hay un valor ético superior en quien, sin el cobijo de una senaduría o una alcaldía, suma voluntades basándose en la honestidad y en la consolidación de un proyecto colectivo. Es la transición de la «imagen falsa» al «resultado tangible». El ciudadano sabe distinguir entre la sonrisa obligada de un espectacular y la mirada franca de quien ha caminado el norte y el sur de Nayarit, entendiendo que el bienestar de una familia no se logra con una gestión de escritorio, sino con una lucha social constante.
El veredicto ciudadano
Nayarit se encuentra en un punto de madurez política donde el «Photoshop» ya no alcanza para tapar las grietas de la desatención. La pregunta para la sociedad es sencilla pero determinante: ¿Qué preferimos? ¿La sofisticación del influyentismo o la sencillez de la eficiencia? ¿La foto con la cúpula o el compromiso con la base?
La verdadera transformación no necesita marcas de diseñador; necesita personas que se ocupen de que la salud y la educación lleguen a donde la cámara de los «amigos poderosos» nunca llega. Al final, la mejor imagen de un político no es la que se cuelga en una pared, sino la que se queda grabada en la memoria de una familia que, gracias a ese trabajo, hoy vive mejor. En este tablero de realidades, la autenticidad sigue siendo el activo más revolucionario.
Columna de opinión: Espejo Público
Por: Abel Amet Lazos

