EL INICIO DEL “GATE”

Por Daniel Aceves Rodríguez

Es ya común que en los medios de comunicación sea empleada como sufijo la palabra inglesa “gate” para denominar cualquier hecho condenable y que genere algún impacto o ludibrio público, y así con ello absorber dentro del concepto los términos previos de: caso de, crisis de, escándalo de y demás alternativas ajustadas al contexto; situación que nos familiariza con historias como el Toallagate para señalar el famoso caso de los enseres de Los Pinos que exhibió al Presidente Fox y a su esposa Martha, el PEMEXgate que llevó a prisión a Emilio Lozoya otrora poderoso funcionario del Gobierno de Peña Nieto, y que decir de la Casa Blancagate, la famosa mansión de siete millones de dólares comprada con el sueldo que Televisa pagó a la entonces esposa del Presidente llevando así a una ominosa y gemebunda  explicación que más que aclarar empeoró la situación, esto por decir algunos eventos de México, pero bien podemos recordar el Irangate, FIFAgate, Lewinskygate y tantos otros que han llenado de tinta periódicos y recorrido las redes sociales por todo el orbe.

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La aplicación de este sufijo surge de uno de los mayores escándalos que ha sufrido el país más poderoso del orbe con las consecuencias fatales que derivaron en la primera y única dimisión que los Estados Unidos han tenido de un Presidente en funciones desde su nacimiento en 1776,  situación que produjo la hecatombe mundial de ver caer al firme y seguro Presidente Richard Nixon que ya gozaba de su reelección con el apuntalamiento del Partido Republicano en el poder una vez que corrían los tiempos de la Guerra fría y el desgaste por la Guerra de Viet Nam.

Este escándalo que inició con una breve e inadvertida nota periodística que fue creciendo de manera insospechada y voraz es conocido como Watergate por el nombre del complejo habitacional  que en ese momento era sede del Partido Demócrata en Washington, partido rival del presidente número 37 en funciones; origen de la información que fue creciendo de manera vertiginosa siendo la prensa escrita, el espionaje, las delaciones furtivas, los yerros políticos y las pasiones humanas las que detonaron en un suceso de dimensiones insospechadas dejando la impronta para la posteridad en cualquier suceso que denote un escarnio o linchamiento sobre todo mediático.

Terminaba una visita del presidente de México Luis Echeverría Álvarez a su homólogo Richard Nixon por lo cual las primeras planas de los diarios daban espacio  principal de noticia a este periplo diplomático, pero una pequeña nota sin más comentarios, aparecida en el Washington Post de aquel aciago día 18 de junio de 1972, daba a conocer que ese sábado al filo de las 2:30 de la madrugada, cinco hombres habían sido detenidos intentando ingresar a las oficinas ubicadas en el sexto piso del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington; pocos podrían predecir que aquella pequeña nota sería para Richard Nixon el principio del fin.

Lo interesante de la nota era que no se trataba de un simple intento de robo como originalmente pudo parecer, esos cinco individuos  que al principio se identificaron como plomeros que habían sido contratados para revisar filtraciones de la tubería, empezaron a caer en contradicciones que de inmediato fueron capitalizadas por dos periodistas de ese diario: Bob Woodward y Carl Bernstein quienes como si se tratara de un  guión de película de espías tan en boga en aquellos años de la guerra fría, fueron desenmascarando una trama alambicada que contó con la participación por demás decisiva de una voz oculta, de un delator de postín, de un personaje que se escondía tras el teléfono donde se aclara que no revelaba ninguna información a los periodistas, pero sí corroboraba todas aquellas informaciones o ideas que requerían una confirmación, así como orientaba el camino a dónde deberían encaminar las pesquisas; este personaje ha pasado a la historia con el icónico nombre de “Garganta Profunda”, identidad que se mantuvo en anonimato por más de 35 años y que a la fecha después de develar su nombre quedan grandes dudas al respecto.

Lo que si fue un hecho es que el tema fue tomado como presa de caza y no se soltó hasta que  fue desgranándose punto por punto y llegar esta investigación policial al corazón del asunto; cuatro meses después del fatídico acontecimiento, a escasos días de la elección presidencial, el Washington Post anunciaba un 10 de octubre, que ese asalto a las oficinas del edificio Watergate, formaba parte de un plan de espionaje y sabotaje perfectamente orquestado, financiado con fondos ilegales del Partido Republicano conocido como el “dinero negro”  para favorecer la reelección del Presidente Nixon, espiando a sus rivales políticos, a periodistas y a cualquier personaje que pudiera hacer mella en la campaña.

Lo curioso de esto, fue que aún sabiéndose el resultado de la investigación, Richard Nixon resultó ganador en las elecciones el 7 de noviembre de 1972 para un segundo cargo presidencial, dando a entender que todo aquello había quedado solo en los estratos inferiores y que el pueblo norteamericano creía en él.

En enero de 1973 la situación dio un giro inesperado y nuevas versiones de perjuro y de presiones para que los implicados se declararan culpables y se develaron pruebas  de que no habían actuado tan en solitario, sino que las ramificaciones iban hasta más arriba, muy arriba, haciendo temblar al inquilino de la Casa Blanca, que iba cediendo en prestigio y credibilidad ante la serie de evidencias que lo involucraban de forma directa en este caso de marras.

Al darse cuenta que era ya inminente su destitución por parte del Congreso y sabiendo cual era la opinión pública, optó por dimitir un 8 de agosto de 1974, siendo el primer y único presidente de Estados Unidos que ha dejado su cargo por motivos de renuncia; Johnson antes,  y después Clinton y Trump sortearon este escollo cuando ya veían el impeachment cercano.

Nixon fue sucedido por el vicepresidente Gerald Ford quién un mes después emitió un indulto completo e incondicional hacia su antecesor, eximiéndolo por cualquier cargo o condena a la que se hubiera hecho acreedor, cerrando así uno de los casos más controversiales de la historia política de los Estados Unidos.

Este tema ha sido desde entonces tratado en innumerables libros o películas, destacando “Todos los Hombres del Presidente” o en forma chusca en Forrest Gum pero esa será otra historia.

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