La tarde cayó sobre la Concha Acústica como una bóveda de resonancias humanas. No fue un acto más en la agenda oficial. Fue un llamado. Un eco que se expandió entre las bancas, las palmas y las miradas atentas: la familia estructurada y perfecta no siempre existe.
La frase, pronunciada por Beatriz Estrada Martínez, presidenta del DIF estatal y esposa del gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero, marcó el tono de su participación en la estrategia nacional para el fortalecimiento de las familias. No fue un discurso de ornato, ¡claro que no!; fue un diagnóstico frontal. “El mundo y la sociedad están en conflicto”, subrayó, invitando a encontrar rutas para disminuir esa fractura que atraviesa comunidades enteras.
La premisa fue clara: el problema debe abordarse desde el núcleo. Y ese núcleo no siempre es biológico. Familia —recalcó— es quien está a tu lado, quien brinda apoyo, amor y solidaridad. No necesariamente la de sangre, sino la que abraza en la tormenta.
Ante un público multifacético —padres, madres, abuelos, niños y hasta mascotas que se asomaban como parte viva del tejido doméstico— la ceremonia avanzó entre aplausos y reflexiones. Al concluir, la explanada se transformó en un corredor de dinámicas organizadas por distintas dependencias: juegos, sorteos, aprendizaje lúdico.
Me detuve en una actividad que consistía en clasificar alimentos dentro de la cadena alimenticia. Cartulinas de colores, un tapete plástico y la condición inamovible: cada niño debía participar acompañado de un adulto. Fue entonces cuando un pequeño se acercó con timidez y me preguntó si podía integrarse. Le respondí que sí, que llamara a sus padres. Bajó la mirada. “Mi papá está en otro evento y mi mamá no quiso venir”, dijo con una decepción que pesaba más que sus palabras.
No lo dudé. “Yo seré tu mamá adoptiva por un momento”, le dije. Y juntos acomodamos las tarjetas, ordenando frutas, granos y proteínas como si en ese gesto simple se reorganizara también algo más profundo.
Había premios. Balones, camisetas, llaveros. Pero él fijó la vista en un kit de útiles escolares. “Ojalá me saque los útiles”, murmuró. Le pregunté por qué. “Para ayudar a mis papás con el gasto”, respondió con una madurez que desarma.
Tomó el cubo gigante, lo lanzó al aire. El número cuatro cayó de frente: el premio exacto que anhelaba. Sus ojos brillaron. Agradeció y corrió hacia su padre, sosteniendo la caja como si llevara un trofeo invisible de dignidad.
La mañana continuó entre risas y saltos de cuerda. Observé a los niños brincar y sentí el impulso de unirme, de desafiar el tiempo y rescatar mi infancia. No lo hice. Seguí caminando con una certeza latiendo en el pecho.
Familia no siempre es sangre. Familia es quien se queda. Quien acompaña. Quien suple la ausencia aunque sea por un instante. En la Concha Acústica no solo se habló de políticas públicas; se tejieron pequeñas redenciones cotidianas.
Porque si aspiramos a una sociedad sana y feliz, la reconstrucción comienza en ese refugio íntimo donde alguien, aun sin lazo biológico, decide extender la mano.