Un ícono enmascarado

Véritas Liberabit Vos

Era diciembre de 1982, después de las presentaciones de varios artistas conocidos de la época, tras una breve pausa, comienza a sonar una música de acción, los reflectores de colores se mueven en forma circular dando una iluminación especial al telón aterciopelado que a la voz del narrador se abre y ante una escenografía que daba la apariencia de un banco citadino, un ladrón huía con el producto de un atraco, en eso, meteóricamente aparece la egregia figura de un enmascarado que porta una vistosa y argéntea capa que después de un vuelo majestuoso con dos llaves de lucha libre domina al hampón y lo entrega a las autoridades, si, ahí estaba el mítico Santo, El Enmascarado de Plata, el gran ídolo que a pesar de mi afición desde chico por la Lucha Libre, nunca pude verlo en alguna arena en vivo, ahora ya retirado del pancracio lo encontraba en un show en el Teatro Blanquita de la Ciudad de México, ahí frente a mí tenía al  el personaje en el cuál se abrevó una parte importante del sentir de aquellos años del pueblo mexicano y que pasó a ser una categoría especial de héroe justiciero, pero a diferencia de los superhéroes, este tenía existencia propia.

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El fenómeno que representó el Santo es muy difícil que se pueda repetir de la manera tan preclara y especial  como la  que rodeó a la figura de un luchador que superó cualquier expectativa deportiva y se alzó como un ídolo y representante  señero tanto en el Cine como en las revistas de circulación semanal, un ícono de la cultura mexicana cuya fama abarcó ya en su apogeo más de veinte años aproximadamente de 1958 a 1980, y que ha sido definido entre otros por un autor como Carlos Monsiváis que lo describe como “El rito de la pobreza, de los consuelos peleoneros dentro del gran desconsuelo que es la vida, la mezcla exacta de la tragedia clásica, circo, deporte olímpico comedia, teatro de variedades y catarsis laboral”.

Si, el Santo Símbolo de la Justicia, un súper héroe al estilo gringo o un sibarita al estilo James Bond que pudo aglutinar el sentir del momento que vivía no solo nuestro país sino el mundo entero donde se generaba una transformación geopolítica posterior a la Segunda Guerra Mundial  y surgía una Guerra fría ansiosa de cubrir liderazgos ideales y paradigmáticos donde la presencia de un personaje multifacético, enigmático, justiciero y cabal englobaba el deseo y sensación de seguridad que tan necesario era en esos momentos.

Así ante un mundo conmovido por la postguerra, México entraba a los proyectos del Desarrollo Estabilizador de los Sexenios de Adolfo López Mateos y de Gustavo Díaz Ordaz, la época de oro del cine mexicano se consumía y daba paso a ese género de aventura, suspenso y emoción, dando ese giro posterior del blanco y negro al multi color, proyectando esa figura del héroe que seis años atrás un productor;  José G. Cruz había convertido con la historieta en color sepia llamada “Santo el Enmascarado de Plata; una Aventura atómica” y que cada semana se disputaba los lugares de honor en los estanquillos de periódicos  junto con Kalimán y Lágrimas y Risas.

En 1958 un año después de la muerte del ídolo Pedro Infante, ese héroe de las historietas y ese luchador de la Arena México del empresario Salvador Lutteroth emergía al celuloide con su primer película, de la cual se derivaron otras para dar un total de 52 films siguiendo una misma línea donde junto con compañeros históricos como Blue Demon, Black Shadow, Huracán Ramírez, Mil Máscaras, Wolf Rubinsky ente otros, luchaban contra monstros legendarios, extraterrestres, científicos locos, vampiros, o cualquier representación del mal que la imaginación en un mundo sin internet podía asociar, los efectos de cámara eran burdos y simples pero no era necesario más, el efecto era el deseado,  igualmente el uso  de relojes intercomunicadores, los videófonos futuristas, los autos convertibles le daban un toque de tecnología aplicada a la lucha por el bien, claro no podía faltar las escenas de memorables luchas grabadas en las Arenas del país y las bellas mujeres de la época que acompañaban al personaje y eran protegidas por él de cualquier mal.

Esta imagen se exportó a gran parte del mundo, fue impactante saber que en Alemania las películas más taquilleras eran las del enmascarado de plata, su fama corrió por las salas de los países de la cortina de hierro y países asiáticos, mientras que en México no sólo las marquesinas de las Arenas y de los cines marcaban su historia, también la televisión adapto un programa de animación los sábados con los consejos y recomendaciones que el gran héroe hacía a los niños, al igual que marcas de leche y su historieta conocida, la justicia imperaba y nos remontaba a lugares históricos como La Atlántida a turísticos parajes como la lucha contra Las momias de Guanajuato o a los Castillos de Transilvania.

Así fue el devenir de su historia que se fue desvaneciendo como se desvanece todo aquello que llega a su máximo esplendor, los finales de los setentas también señalaron otro camino del cine nacional, las películas de ficheras y los géneros fronterizos del llamado cabrito western fueron más requeridos por el mundo del espectáculo, que buscaba ya otro tipo de paradigmas, así en un 1982 se dio el retiro de los encordados de este singular personaje, que justamente dos años más tarde moriría de un infarto después de una presentación en el Teatro Blanquita, lugar donde conocí a ese ícono de mi infancia que me hizo soñar con la justicia y la derrota del mal, el Santo moría pero su leyenda perduraba.

Por cierto se sabe que en Turquía se filmó una película llamada “3 Dev Adam” donde el Santo junto al Capitán América combaten contra el Hombre Araña, ni Marvel Comics ni el Santo la reconocieron como propia pero esta, esta es otra historia.

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