Cómo narra el historiador Jean Meyer la muerte de Lozada

Aciento cuarenta y cuatro  años de su muerte, que se cumplieron este 19 de julio del 2017, el personaje Manuel Lozada sigue siendo objeto de polémica, terna de actualidad y asunto difícil de entender y estudiar.

Leamos a unos de sus biógrafos más interesados en rescatar la vida y obra del Tigre de Álica, el francomexicano Jean Meyer:

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El domingo de Ramos de 1873 un gran diario de Guadalajara denunciaba con palabras vehementes al traidor Lozada, culpable de venderse al Imperio impuesto a punta de bayonetas galas, después de haber prestado servicios mercenarios a negociantes contrabandistas, siempre adicto a la “causa clerical de la reacción”.

En ciertos círculos, Manuel Lozada es casi un desconocido, pero eso no importa. ¿No tenernos acaso visiones fulgurantes, románticas, que desentierran las sombras de los bandidos de Schiller, de personajes de la antigüedad romana tales como Espartaco, que se funden con escenas nacionales y con campeones como Cajeme y Zapata?

Hay una leyenda de Manuel Lozada; una leyenda que habla del amor imposible entre el joven peón y la niña decente; de inútiles castigos impuestos por malvados; el trovador evoca a la madre anciana golpeada, flageada por el capataz endemoniado. La fatalidad está en camino; Manuel no puede hacer más que vengar el agravio y remontarse a la sierra, bandido y justiciero. Robin Hood, el Zorro, Mateo Falcone, Salvatore Giuliano y otros han pasado por semejante trance, donde el héroe se forja y consolida.

El enviado de Maximiliano

El enviado del emperador Maximiliano se arriesga y entra al territorio del Tigre de Álica. Veinte años han pasado y Manuel Lozada impera sobre un amplio territorio del occidente de México, desde Mascota a Acaponeta y desde San Blas a Colotlán, para entregar a Lozada una espada y otras condecoraciones.

El enviado dejó un relato que habrá perdido seguramente mucho sabor para las generaciones que no han sido criadas en el culto de la República romana y de sus virtudes, por desgracia inseparables de la lengua latina. Después de larga caminata llega el enviado cerca del pueblo de San Luis y, limpiándose el sudor, detiene su caballo para preguntar a un campesino vestido de manta blanca que en esos momentos batalla detrás de su yunta para abrir el surco en una tierra difícil: -Ave María Purísima… Buen hombre, ¿podría indicarme el camino para llegar a la casa del general Manuel Lozada?

El labrador contesta: “Dios lo tenga a usted bajo su santa guardia… Aquí tiene a su servidor Manuel Lozada. ¿En qué puedo servirle?”

Admirado se quedó el mensajero, pero más admirado aún se quedó el Habsburgo romántico y soñador, quien seguramente tuvo envidia del Tigre de Álica, del Cincinnato de Nayarit, y es tiempo de evocar al arzobispo de GuadaJajara huyendo de la pesada, de la onerosa protección del joven macabeo Miramón, para refugiarse a la sombra del “fanático Lozada”; al prófugo e infortunado conspirador Porfirio Díaz buscando vanamente el apoyo del poderoso Lozada.

Herido en un ojo y tullido de un brazo

Pero más que estas escenas gloriosas nos complace el espectáculo del jefe de los pueblos de Tepic pescando con dinamita en los ríos de la sierra. No escapó de la suerte que les toca a los coheteros: un accidente lo dejó tuerto, tullido de un brazo.

-Hoy estoy inservible, decía Lozada, sin ver lejos, sin distinguir de cerca, sin ser dueño de montar a caballo con libertad. Si estuviera bueno de la vista y la cabeza nada se necesitaría, pero te digo que la vista y la cabeza me hacen mucha falta-.

La mano no importaba. Todo terminó. Como en la leyenda, por una traición, Lozada fue vendido por uno de sus hombres después de haber sido abandonado por sus compañeros de hazañas. Fue sorprendido desarmado mientras se bañaba en un río con sus últimos soldados.

¡Ay, Lozada!, te vendieron

a los hombres de Jalisco.

¡Ay, Praxedis! ¡Ay Domingo!

La traición está en tu frente.

¿Los entierran hoy en vida con su fama de valientes?

En Tepic, ya para morir

Lo trajeron a Tepic montado en mal caballo. Un pie calzado con un botín y el otro con huarache. Todo el pueblo, silencioso, aglomerado en las calles, lo veía con asombro.

Él, impasible, sin fijarse en nadie. Fue juzgado sumariamente y condenado a muerte. Pidió un sacerdote y se auxilió. A las seis de la mañana del día siguiente fue conducido a las Lomas de los Metates.

Antes de recibir lla descarga que lo dejaría sin vida, dijo: “Soldados de la Federación, váis a presenciar mi muerte que ha sido mandada por el Gobierno y que así lo habrá querido Dios; no me arrepiento de lo que he hecho; mi intención era procurar el bien de los pueblos. Adiós Distrito de Tepic. ¡Muero como hombre!”.

Así terminó la carrera del que había empezado como un bandido de honor y había sabido aprovechar con habilidad las divisiones políticas entre conservadores y liberales para llegar a ser y permanecer durante más de quince años el amo y señor del Distrito de Tepic . Aquí intentamos tratar de entender las razones que permitieron el súbito hundimiento de un dominio que se antojaba indestructible.