Divagando en el pensamiento

La verdad… sea dicha

Bien dicen que poderoso caballero es don dinero, abre puertas y cambia conciencias. Por unos cuantos pesos algunos se vuelven esclavos voluntarios, hay tanta miseria en este mundo que es difícil que algunos ingenuos no acaben entregando su alma al diablo por una morusa de pan; he ahí el problema que también se da en esta nación mexicana de 50 millones de pobres, donde  la gente es la carnada principal para que muchos políticos mediocres se alcen como triunfadores, pues con unos cuantos pesos compran la voluntad del sediento. Así se continúa con los gobiernos insensibles que reparten la riqueza de todos, ahí sí,  en tan sólo unos cuantos vivales. Tienen a su favor la fábrica de pobres electores que son garantía para una falsa democracia que es sinónimo de amañada “legalidad”,  careta donde se esconde el imperialismo de los poderosos que siempre han sido dueños de México. ¿Cuándo saldremos los mexicanos de nuestro letargo? Vivimos en un triste país, viciado, corrupto, y sin memoria ciudadana, donde algunos agresores políticos llegan hacen sus fechorías y se van tan campantes por el mundo, luego regresan como si nada, para presentar su “nueva” propuesta política, que no es otra cosa que las mismas sinvergüenzadas de siempre, bien disfrazadas. ¿Y la ciudadanía? Bien, gracias; todos envueltos en el mundo de las redes sociales, y el fútbol. Ante eso, qué importa el mañana. No me haga mucho caso, a veces suelo divagar en el pensamiento, luego se me pasa.

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DE REGLAS Y OTROS EXCESOS

Alguna vez le conté, amigo lector, que hace algunos años en el estado de Guanajuato, el Gobierno Municipal decidió aplicar entre sus ciudadanos algunas reglas de urbanidad realmente originales y graciosas, por el tipo de sucesos que se dijo serían sancionados cuando fueran considerados irreverentes, y una seria falta de respeto hacia las personas en la vía pública.

Al más puro estilo del Manual de Carreño, a los guanajuatenses se les pretendió educar con normas cívicas para que al compartir los espacios públicos lo hicieran dentro de un clima de convivencia sana. Mire, le voy a contar; en la tierra de José Alfredo Jiménez, las reglas que nunca supe si finalmente se aplicaron, estipulaban: Quedarán prohibidos los besos considerados intensos (vaya usted a saber cómo medían tan sugestivo acto); también las actitudes obscenas que ofendan o causen molestia (a juicio de los mirones, supongo); y entre otras imprudencias, también serían sancionadas las personas que realizaran manifestaciones públicas sin un permiso previo de la autoridad (aunque el mitin fuera para protestar precisamente en contra de la autoridad). También el florido vocabulario tendría que ser recatado; pues por ejemplo, palabras como “güey” tan popular en el léxico de los muchachos y las muchachas, a las que por cierto se les oye bastante mal, podría ser motivo de una sanción de hasta 560 pesos, o cárcel, de llegar el “insulto” a los castos oídos de la autoridad.

No le voy a mentir, claro que he llegado a pensar qué pasaría si por azares del destino a nuestras autoridades nayaritas se les ocurriera aplicar tan especiales estrategias moralistas; se imagina amable lector, lo repletas de dinero que terminarían las arcas municipales, pues sin ser la generalidad, la gran mayoría de los tepicenses para eso de las palabras altisonantes son expertos; aquí como en Sinaloa, las groserías muchas veces no se dicen con la intención de ofender, sino como una añeja costumbre de la gente nacida en el Pacífico que se expresa muy abiertamente. Considero que es muy bueno que las autoridades se preocuparan por fomentar las nobles costumbres, pero tampoco se trata de imponer nuevos modelos públicos de comportamiento social, me parece una exageración; pues finalmente es en casa, y en el entorno familiar donde se deben aprender los buenos modales.

Los primeros años de escuela bajo la enseñanza de los maestros marcan la personalidad que más adelante distinguirá a los verdaderos individuos de bien. En fin, es sólo un comentario, porque estará usted de acuerdo conmigo en que los tiempos cambian, y aunque los buenos modales y la caballerosidad debieran ser un principio elemental en los valores humanos, hoy en día el mundo está de cabeza, y cada quién habla su propio idioma, lo mismo nos encontramos en la calle a un ser toda nobleza, que aún adorador de la patanería. Y desde luego, sin tomarlos como groseros he irreverentes están los ciudadanos del Pacífico que con su muy singular estilo de hablar se identifican y reconocen en el entorno de una región jacarandosa de nuestra nación.

AL TIEMPO SIEMPRE UNA BUENA CARA

Hoy le transcribo un pasaje literario del escritor mexicano don Carlos González Peña, titulado “El arte de sonreír”.

Si la risa -conforme y tan a menudo se ha observado- nos distingue de los animales, acaso tal diferenciación pudiera mejor determinarla y fijarla la sonrisa que se antoja, a veces, trasunto del cielo, que es espíritu, que es finura, que es inteligencia, que es gracia. Reviste la sonrisa los más variados caracteres. Ya es agradable, ya maliciosa o burlona; se colorea de espiritualidad o de alegría; es graciosa o irónica, impertinente o ligera. Pero “es” de alguna manera; y siendo, nos subyuga y atrae. Lo malo es no sonreír. Lo lamentable, no sonreír nunca.

Recuérdese, en La Ilíada, la “sonrisa mojada en lágrimas”, de Andrómaca, cuando Héctor para despedirse, se despoja del casco resplandeciente, y el niño, al cabo, se refugia en el seno perfumado de la madre. Esa sonrisa mojada en lágrimas raya en la sublimidad. Mas la sonrisa, recorre gentilmente toda la escala, de la sublime a lo trivial, de lo llano y simple, a lo misterioso y enigmático. Recuérdese, a propósito, la de Monna Lisa.

Aunque siendo primas hermanas, hay una diferencia profunda entre la sonrisa y la risa. El reír, le es dable a cualquiera; el sonreír -el sonreír bien, interesantemente-, a muy pocos. Advertía el viejo Fontenelle que mujeres lindas hay que saber reír, pero no sonreír; y el adorable Teófilo Gautier aseguraba que las mujeres sonríen a menudo cuando tienen bonitos dientes. Víctor Hugo, en fin, el poeta de las hipérboles desmesuradas, afirma que la sonrisa de la mujer que ama tiene tal claridad, que se ve la noche. Pero no sólo las mujeres sonríen o deben sonreír. Debemos sonreír todos. Debemos sonreír; aunque, claro está, a su tiempo y espontáneamente, y todo no así como así, sino con su cuenta y razón. Conocida es la práctica yanqui de aconsejar a uno la sonrisa. ¡Sonría usted! La orden, así, de pronto, tan perentoria; cuando no por ímpetu burlesco, arranque la sonrisa, nos causa extrañeza, nos molesta. ¿Por qué he de sonreír yo al entrar en esta tienda? ¿Qué le incumbe al fúnebre vendedor de radios que yo sonría o no sonría? No obstante, y pese a la resistencia, a la irreprimible rebeldía que el consejo o la orden al primer ver suscita, comprendemos que hay razón en sugerirlo o reclamarlo. Es bueno sonreír. Se debe sonreír hasta para tratar aparatos de radio. La sonrisa es buena no sólo en el comercio de las tiendas, sino en el comercio de la vida. Dàmosle, al verla insinuarse, la bienvenida. ¡Cuántas malas inteligencias, cuántas grescas y alborotos, cuántos sinsabores y molestias esquiva una sonrisa! ¡Cómo la sonrisa suele ser correctivo eficaz, índice discreto, que al par que establece y afirma la paz y la templanza, señala, gozosa, lo que de torpe o vulgar nos sale al paso de la vida! Para comentarios robleslaopinion@hotmail.com

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