El capitalismo y la sumisión de la mujer

Realidad y ficción, simples coincidencias

Durante cierto tiempo me he preguntado cuáles son las verdaderas razones por las que la mujer no logra liberarse de las cadenas de la violencia y de aquello que la priva de un desarrollo integral.

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Hace algún tiempo llegué a concluir, que incluso, la mujer era en parte origen de la propia violencia, en razón de la participación medular que tiene en el desarrollo tanto de los varones como de las mujeres; aunado a que históricamente existen más vínculos entre madres e hijos, que entre el padre y sus descendientes; sin embargo, estoy convencido que la mujer ha sido totalmente víctima, aunque pareciera extremo, de una suerte de complot histórico.

Para llegar a esta conclusión, es necesario que usted, me estimado lector, se desprenda de la realidad en la que vive, y acepte, que por raro que parezca, la forma en la que ve la vida y percibe el mundo puede ser una concepción errónea de cómo son o pueden ser las cosas realmente.

Se ha preguntado por qué la mujer tiene menos posibilidad de ser ascendida en su área de trabajo. O por qué a las reuniones de la escuela, a pesar de que ambos cónyuges laboren, sigue acudiendo ella; ¿por qué la mujer es quien sacrifica su trabajo para atender las necesidades de los hijos? ¿Por qué el hombre puede irse de fiesta y no se le califica como irresponsable?, pero si lo hace la mujer le asignamos los peores calificativos, y por supuesto, el menor es el que la tilda de mala o madre desnaturalizada. ¿Por qué para ser calificada como buena es necesario una conducta de sacrificio?

No me referiré al origen remoto de las causas que provocan la sumisión de la mujer al hombre, sino a la que actualmente me parece la principal estructura de convivencia social que prohíbe a la gran mayoría lograr su felicidad, su realización, pero no como nosotros la concebimos, sino como ella la quiera diseñar. 

Hablo del capitalismo, y para utilizar una frase que ejemplifique contextual e históricamente a lo que me refiero, afirmaré que este es una creación a imagen y semejanza del hombre. El capitalismo en términos sencillos es aquel que basa su riqueza en la producción de cualquier tipo de bien, estableciendo relaciones jurídicas y sociales basadas en el interés propio de producir; en el que es indispensable consumir el mayor número de cosas sin más límite que la libertad de los que interactúan en esta cadena, que al final somos todos, es decir, que se condiciona la necesidad para que la demanda y el valor aumente.

En este sistema el protagonista es el capital, no la persona ni sus relaciones; lo que convierte al hombre en su propia presa; y adivine qué: la mujer pasa a ser un objeto más, sujeto de ser conquistado, apropiado y explotado. Adam Smith le llamó a esto “dejar hacer, dejar pasar”, en su texto clásico “Las Riquezas de las Naciones”.

Así pues, el capitalismo basa su riqueza en la medida que alguien produce o hace producir, sin importar los fines sociales o personales, porque una vez inmerso en esta dinámica, la idea del éxito se basa en la capacidad de producir y consumir, por eso, cuando se deja de hacer la economía entra en recesión.

En la sociedad existen para dos personas iguales, dos realidades distintas: una mujer y un hombre no son percibidos ni conceptualizados bajo una misma realidad, cada uno, sea de forma arbitraria o evolucionista, se sometió a una idea de poder y superioridad; creo que no hace falta referir quién sometió a quién.

En esta realidad, el hombre es el soberano y la mujer, como régimen social, el súbdito del hombre. Bajo esta concepción, errada y cruel voluntariamente, la mujer debe, como todo súbdito y fiel creyente, adorar, preservar y proteger a sus jefes, reyes y sacerdotes; esto es, el tabú de los soberanos, como lo denomina Freud en Totem y Tabú. Entonces, la mujer debe satisfacer los deseos y necesidades del hombre, después los de la familia, y al final, si le resta algo de fuerza, voluntad y tiempo, puede intentar lograr su propia satisfacción, sin importar que ella también trabaje, igual o más que su pareja.

De entrada, en esta realidad, si la mujer no basa su felicidad o realización en tener un marido, hijos y un hogar, dista mucho de ser una mujer completa.

En esa idea, el hombre, en su gran mayoría, no tiene todas esas cargas, mas que la de producir, producir y producir, o si usted gusta, la de proveer, proveer y proveer; consecuentemente, el sistema fue creado a su imagen y semejanza.

Por su parte, la mujer, con el rol asignado y el cúmulo de cargas debe adaptarse a un sistema de competencia desventajoso, porque el capitalismo está estructurado para funcionar y operar atendiendo a las posibilidades del hombre, dado que si bien aquel aparenta ser libre, se supedita a una configuración y diseño predeterminado para la actividad y rol del macho, lo que por una parte funciona como la supervivencia de los más aptos, descrita en el origen de las especies de Darwin, pero por otra, está condicionada para que sólo cierto tipo de perfiles puedan tener éxito.

En este sentido, la mujer debe adaptarse al sistema del hombre en caso de que decida entrar a la idea de éxito que la sociedad percibe o ha establecido como realidad: ¡debe ser y actuar como él!

En el mundo que vivimos, el hombre es exitoso en la medida de sus logros y riqueza; y la mujer, en la medida en que tenga una bonita familia y sus integrantes alcancen el éxito, porque “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”.

Lo contradictorio de todo esto, es que se modifican leyes y se dan discursos para integrar a la mujer al capitalismo, en lugar de cambiar un sistema despiadado al que sólo le interesa la riqueza basada en producir tanto como las personas pueda ser explotadas, y consumir en la misma medida que las personas puedan soportar, al grado de la desintegración social, familiar y personal.

Pero bueno, mientras tanto, hay que comprar celulares inteligentes y caros a nuestros hijos, para que nos dejen seguir cosechando éxitos, so pretexto de vivir mejor, y por supuesto, para tener el tiempo de escribir estas notas.