El fin de un imperio

Véritas Liberabit Vos

Eran las siete con diez minutos de la mañana del 19 de junio de 1867, los ecos de los disparos se escuchan al unísono por todas las esquinas de una ciudad que apenas va despertando, seguido de ello, todas las campanas de Querétaro repican sin cesar como si todos los carillones expresaran el mismo tono y melodía, muchos soldados que hacían guardia en el convento de las Capuchinas emocionados rompen la orden estricta de silencio y gritan a los cuatro vientos, ¡Muera el Imperio!, ¡Viva la República! Y era verdad, en el Cerro de Las Campanas yacía el cuerpo de Maximiliano de Habsburgo quién detentara en nuestro suelo el poder omnímodo de Monarca desde 1864 y por otro lado a su caída la República se restauraba con la el regreso a la capital de los poderes nacionales.

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Sabedores de mi gusto por la Historia en días pasados tuve la fortuna de que llegara a mis manos como regalo un libro sobre Maximiliano, el cual leí con avidez y justamente lo culminé el día en que  se han cumplido 150 años de que por el hecho narrado párrafo arriba, México dejó de ser una nación gobernada por un Príncipe extranjero producto de la enconada división entre facciones o grupos internos que tanto daño causó a nuestro País recién independizado y que no lo dejó aspirar  a ser esa nación que estaba destinada a ser en el Continente Americano cediendo el paso a un Imperio mayor que se forjó con una gran parte de nuestro territorio, arrebatado de una manera cruenta, alevosa y premeditada.

Realmente el episodio del Cerro de Las Campanas viene a cerrar un capítulo de más de cinco años de guerra con un país extranjero que vino a suplir a otra guerra anterior que había culminado con el triunfo liberal, me refiero a la Guerra de Reforma o también conocida como Guerra de los Tres Años donde de nueva cuenta mexicanos contra mexicanos se habían levantado en armas enarbolando banderas diferentes una del lado de los conservadores con las reminiscencias del ejército santa anista que dentro de su principio centralista impulsaban los derechos de la Religión y fueros que sintieron fueron violentados en la Constitución de 1857 y por otro lado el bando liberal influenciado por las ideas más republicanas pero con un tinte anticlerical.

Ahí estaban nuevamente enfrentados los dos conceptos que pusieron en jaque a nuestro país desde 1827 en que fue firmado el Tratado de Córdoba para darle Independencia a nuestro suelo con los principios del Plan de Iguala Unión, Independencia y Religión que eran las tres garantías victoriosas con las que nacimos, y que a escasos 40 años de existencia, de cada una de ellas  no quedaba más que el recuerdo, la desunión, lo anticlerical y el depender de otra nación nos alejaba cada vez más de aquellos principios que nos hicieron soñar en un México libre, ahora eran sustituidas por los principios masónicos de la Revolución francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad

Maximiliano de Habsburgo era el prototipo más señero que reflejaba la pérdida de rumbo en que nuestra nación había caído, cuarenta y tres años habían pasado de la culminación de una lucha por liberarnos de España y desear ser conducidos como nación soberana, sin embargo contradictoriamente el propio pueblo cegado por las luchas intestinas había pugnado por volver a ser gobernados por un monarca cuya sangre no era la que corría por las venas de nuestra raza mestiza, un personaje tal como lo describe Carlos Tello Díaz en la introducción de este libro: Fue un personaje a la vez polémico, ridículo y notable, el papel que desempeñó en México reflejó los cambios que propiciaba en eses momento el ajedrez mundial, jugado sobre todo en Europa y Norteamérica, víctima o cómplice su nombre resuena al lado de aquellos personajes que como Benito Juárez y Miguel Miramón marcaron nuestra historia frente al mundo en el siglo XX” (Maximiliano Emperador de México obra citada).

Ante la negativa de pagos por parte Juárez a las potencias de España, Inglaterra y Francia, esta última es la que no cede a las negociaciones diplomáticas y convidado por personajes conservadores que vieron en esta lucha una reivindicación a sus deseos de triunfo, Maximiliano llega precedido por todo el honor y distinción que le da Napoleón III que ve igual una joya más a la corona de su antepasado Bonaparte y disputar así parte de esa lucha reinante en una Europa donde las piezas se movían al fragor de la batalla para ver su hegemonía e imponer su dominio.

Llega entonces el Príncipe de Miramar junto a su bella esposa Carlota a ceñirse una corona de un país donde su lengua y sus costumbres eran muy diferentes a las practicadas por la ahora pareja real, los conservadores creyeron tener en él al artífice de un triunfo cimero que rescataría todo aquello que había quedado truncado por las Constituciones liberales, para sorpresa de muchos las cosas no se dieron así, el actuar del emperador fue tal vez más liberal que el de los gobernantes mestizos y el apoyo que de Francia se suponía se fue desvaneciendo al ritmo de los cambios en la geopolítica de Europa.

Después de cinco años de ocupación militar Francia se desligaba de su intervención y en marzo de 1867 los últimos regimientos galos partían a su origen, solo ya, con sus tropas nacionales y trasladándose a Querétaro, el fin del Imperio quedó sellado y con ello la egregia figura de un Emperador extranjero quedó como postrer recuerdo de una Historia de México tan contradictoria en sus hechos como atractiva y apasionada, ahí en ese Cerro se apagaban las palabras de Carlota: “En tanto haya aquí un emperador, habrá un imperio”, la República se restauró pero no así la paz, pero lo que sigue, esa, esa será otra historia…

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