Los tiempos idos

La Verdad… Sea dicha

Estará de acuerdo, amigo lector, sobre todo si usted es de estas personas que rebasan los cuarenta años, que nuestra experiencia educativa estuvo marcada por una enseñanza primaria de mucho sentido humanista, con gran sensibilidad humana; tal vez porque en aquel tiempo de nuestra infancia no había tantas distracciones como hoy, no existía el internet ni las redes sociales, no había tantos espacios de diversión, así que nuestro mundo giraba principalmente en acatar las reglas de casa, en ir a la escuela y divertirnos con los tradicionales juegos sanos que nada tenían que ver con los vertiginosos avances tecnológicos y cibernéticos que hoy envuelven las mentes de los niños; herramientas que ciertamente les ayudan a tener más agilidad mental, pero según mi apreciación, las nuevas tecnologías les han vuelto menos sociables, vamos, más apáticos a la interacción con sus semejantes. En aquel entonces en los libros de primaria los editores buscaban llegar al intelecto de los niños con lecturas agradables, con escritores buenos que enaltecían los valores humanos; de algún modo sensibilizaban a los inquietos infantes en la noble idea de formar rectamente a los hombres y a las mujeres del futuro. Hoy amable lector, le transcribo un fragmento de la obra del escritor Juan José de Soiza, llamada “MI MAESTRA” donde se muestra cómo el autor describe con sencillez los valores del amor, la compasión, y el alma pura con la que los niños llegan a este mundo:

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Mi maestra. Me parece verla todavía. Cierro los ojos y la veo. Pero la veo tan bien, que al evocar su imagen, dudo de que haya muerto
La pobre murió tísica. Los chicos a quienes ella idolatraba, fueron sus victimarios. Tanto la hicieron sufrir y tanto la hicieron llorar, que la infeliz no tuvo más remedio que morir. Y murió, os lo juro santamente. Era pequeñita, rubia, suave
Hablaba con los ojos. Sus ojos eran negros. Además de negros, eran tristes, pero de una tristeza de muchachito enfermo que no tiene juguetes
¡Pobre maestra! Me dan ganas de llorar cuando me acuerdo de ella
Yo la hice penar mucho. Una vez lloró por mí de tal modo que, todavía, después de veinte años, mi corazón se encoge de vergüenza; sin embargo, mi culpa no era grave. Su temperamento enfermizo y sus nervios sensibles de violín armonioso, agrandaron mi falta. ¿Qué le hice? Fue sencillo. Aprovechando un instante en que ella salió al patio, escribí en un pizarrón, con tiza, lo siguiente: “La maestra se parece a un fideo” Cuando volvió al salón, y leyó esa grosera mofa a su flacura, no pudo hablar. Se puso pálida. Tuvo un acceso de tos. Se fue a su mesa, y con los codos apoyados en ella y cubriéndose el rostro con las manos, comenzó a llorar y a toser. Lloraba de una manera tan melancólica y tan en silencio, que todos enmudecimos. Aquel llanto y aquella tos nos hicieron ver un poco más el fondo de la vida. Por nuestras inconscientes almas infantiles pasó un helado soplo de miedo. Yo temblé. Quedé inmóvil en mi banco,
hasta que oí la voz de la maestra. Habíase quitado las manos de la cara, y a través de las lágrimas, nos dijo:

-¿Por qué son ustedes tan crueles?… Estoy flaca, es verdad, muy flaca
Hace quince años que trabajo, enseñando a leer y a escribir. Hace quince años que sufro el placer de educar a los niños. Hace quince años que estudio de noche y de día para sostener a mi familia y para evitar que mis pobres padres viejos se mueran de hambre. De tanto trabajar me he puesto flaca
  Sí, flaca, como un fideo
¿Y ustedes no me tienen lástima?

Cuando la infeliz dejó de hablar, muchos chicos lloraban. Otros oían con la boca abierta. Los demás, temblaban. -¿No me tienen lástima?- repetía la señorita. ¡Flaca como un fideo!… ¿Quién escribió eso? Reinó en el aula un silencio profundo. Nadie se atrevió a denunciarme. Pero, cuando las clases terminaron y todos los alumnos se fueron, yo me quedé el último. Mi  maestra en el zaguán presenciaba el desfile. Aguardé hasta el final. Entonces me aproximé temeroso:

-Señorita – Le dije.

-¿Me quiere hacer un favor?

-Con mucho gusto, ¿Qué quieres?

-Dème un beso

-Tómalo

-Ahora. Pégueme

-¿Qué te pegue?

-Sí. Pégueme fuerte. Dème una cachetada. Hágame saltar los dientes
¡Pégueme!

-Pero, ¿Por qué? ¿Estás loco?

-No, señorita. Soy un asesino. Yo fui quien escribió aquello en el pizarrón. ¿Se acuerda?

-¿Tú?

-Sí, yo.

Me tomó en sus brazos. ¡Yo tenía nueve años! Me besó. Me besó una vez. Dos veces. Tres veces. Muchas veces
¡Aún me parece que me está besando! Al día siguiente pedí a mi madre una monedita para comprar bizcochos. Fui a la botica: -Deme diez centavos de pastillas para la tos. Llegué. Penetré triunfante. Y ocultándome, sin que los demás chicos me vieran, le regalé a mi maestra las pastillas. “Tome, señorita. Son buenas para la tos. Me acarició con sus manos húmedas y frías. Me besó en la frente y
Pasaron los años. Cuando volví a mi tierra fui a visitar su tumba. No fue, sin duda, la historia de mi buena maestrita lo que empecé a contaros. ¡Pero es tan bello remover penas viejas! Además, no podría nunca evocar en mi memoria el recuerdo de aquella escuela, sin que se filtrara por las rendijas de mi corazón la imagen de quien me enseñó a leer y a presagiar la vida. Para comentarios robleslaopinion@hotmail.com