“Non fecit taliter omni nationi”

Véritas Liberabit Vos

No hizo cosa igual con otra nación, (Salmo 147, versículo 20) y que es la frase que el Papa Benedicto XIV autorizó fuese colocada en 1754 sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe una vez que le fue otorgado el patronato universal sobre el Continente Americano nombrándola Reina de México y Emperatriz de las Américas título que engalana nuestra tierra y que nos da un orgullo más de nuestra raíz mexicana.

publicidad
Publicidad

Hurgando en la Historia de nuestra nación nos podemos encontrar con casos tan sobresalientes que dejan un sentido teleológico y escatológico digno de admiración y reconocimiento en el concierto de la Historia Universal, porque si milenariamente la fundación de Roma realizada por dos niños (Rómulo y Remo) que fueron amamantados por una Loba supera las especulaciones del mito y la realidad, análogamente la Fundación de Tenochtitlán con el cumplimiento de la promesa hecha de detenerse en el lugar donde se encontrase a un águila devorando una serpiente, seguida del reto de construir una ciudad que a la postre fue la capital de un imperio en una zona por demás impensable con más agua que tierra, pero con un destino establecido que remontaba cualquier trabajo humano; así mismo nuestra historia nos marca que diez años después de la Conquista y en pleno proceso de mestizaje racial y cultural, se llevó a cabo uno de los mayores acontecimientos en el orden material y espiritual, que catalizó esta simbiosis indo hispánica constituyendo en sí mismo un factor de unidad, de paz, de consuelo, y certidumbre, fermento para la creación de nuevos pueblos en un hito histórico que no ha tenido parangón en ningún otra parte del mundo, es como lo escribiera Manuel Vargas de la Torre en su libro “La Virgen que forjó una Patria” , Patria que recibió de sus manos en el Tepeyac un regalo divino, teniendo como mensajero a un humilde indígena ya cristiano originario de Cuautitlán llamado Juan Diego, en el cual quedan representados todos los habitantes de la nueva nación, y por extrapolación todos aquellos que sin importar su nacionalidad creen profunda y realmente en el hecho histórico por un lado y milagroso por el otro de que esa imagen que quedó plasmada en la tilma o ayate de aquél indígena al cual le fue pedida una prueba lo que decía, y que al desdoblar su manto lleno de rosas dio a ver una imagen que no es sino la imagen real y benevolente de la Madre de Dios  que tomara los rasgos característicos del mestizaje para pedirnos un templo justo en ese lugar que muchos años antes había sido el sustento de aquella señal de la peregrinación de Aztlán y que ordenara Huitzilopochtli.

He ahí la frase de Benedicto XIV que vio como el suelo de México había sido testigo de este acontecimiento por demás singular y trascendente, y que como segundo aspecto dentro de este suceso que no solo el correspondiente al origen sobrenatural del mismo, está la magnificencia científica que conlleva el estudio de lo plasmado en la tilma, demostrándonos por diferentes estudios a lo largo de los siglos subsecuentes que esta obra es imposible que haya sido pintada por autor humano alguno, por lo que está catalogado como una “aquerópita” o sea una obra que no ha sido elaborada por manos del hombre, y de estas solo pueden contarse en el mundo la existencia de tres, una de ellas es El Santo Sudario, lienzo que se encuentra resguardado en Turín y que corresponde a aquella tela con que se amortajó el cuerpo de Jesucristo  que al momento de la resurrección quedaron cual negativo grabados los puntos esenciales  motivo de vastos estudios científicos que han demostrado y coincidido con lo narrado en los Evangelios en las características de los tiempos de su existencia y en los detalles de la crucifixión.

La segunda aquerópita sería el manto con el que la Verónica enjugó el rostro de Jesús durante su Vía Dolorosa provocando que en ese momento quedase plasmada en ella la imagen del Salvador; dicho lienzo se dice se encuentra resguardado en el Santuario de Manopello una localidad italiana de los Abruzzos y  aunque en la antigüedad fue mostrado al público, desde hace ya una gran cantidad de años ha permanecido bajo custodia.

La tercera aquerópita, la de la Madre de Dios se exhibe gustoso en México,  en el santuario que ella misma pidió, en la Basílica que lleva su nombre y que orgullosamente miles y miles de peregrinos acuden a llevarle a ella sus necesidades y logros, sus tristezas y sus alegrías, sus sueños y sus problemas, una imagen venerada y reconocida científicamente en su autenticidad  que para asombro de muchos conforme avanzan la tecnología más importantes hallazgos se descubren en este manto.

Ya lo decía uno de los videntes de Medjugorje en Bosnia Herzegovina a unos peregrinos mexicanos que querían conocer sobre las apariciones de la Virgen en ese lugar cuándo preguntaron si era ahí donde se aparecía, la respuesta fue: “¿Mexicanos a que vienen hasta acá?, sí; aquí la Virgen se aparece, pero allá en su Patria vive permanentemente”. Y es verdad, tenemos el privilegio de que haya querido quedarse entre nosotros, deseando fervientemente que se erigiera un templo para en él mostrar todo su amor y compasión, auxilio y defensa, pues como dijo a Juan Diego, “Soy Vuestra piadosa Madre, de ti y de todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra y más adelante en otras” y terminó con esta frase consoladora, ¿Por qué temes?, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre”.

Publicidad