Símbolo nacional

Véritas Liberabit Vos

Bandera de México, legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos…” en las líneas de esta hermosa obra, que desde pequeños ha hecho latir con más fuerza nuestro corazón, queda resumido un juramento de amor y voluntad hacia el principal símbolo aglutinador de la historia pasada, presente y futura de nuestra Patria.

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Nuestra Bandera, que orgullosamente ondea con majestad sobre nuestro suelo, es la enseña simbólica del Plan de Iguala o de las Tres Garantías que don Agustín de Iturbide planeó y realizó, simbolizando en el color blanco la Religión, en el verde la Unión que debe reinar siempre entre todos los ciudadanos y el Rojo la Independencia que se lograría aquel 27 de Septiembre de 1821 culminando así la lucha que once años antes había iniciado don Miguel Hidalgo y continuada por José María Morelos y Pavón, fiel estandarte de Paz y Unión, porque integramos un solo pueblo, en el que se identifican peculiaridades étnicas, una sola nación, que tiene mucho en común con la gran nacionalidad iberoamericana ya que sus raíces son españolas e indígenas, un solo estado regido por las mismas autoridades, las mismas instituciones políticas y un solo Ejército Nacional.

En medio de los tres colores, el escudo de nuestra Bandera viene a reforzar todo el simbolismo de este mestizaje racial y cultural base de nuestra nacionalidad incluyendo la hermosa leyenda de la fundación de Tenochtitlán, hoy Ciudad de  México, que es una águila que desde las alturas más allá de los volcanes nevados que emergen de nuestra tierra escudriña la realidad para descender posando su pata en un nopal y llevando en su pico y devorando al símbolo del mal: la serpiente. El nopal a su vez representa el fruto generoso de esta tierra abundante en bienes para sus nuevos pobladores, quienes al encontrar la anunciada señal se dan a la tarea de construir una ciudad por encima de un lago, esta misma ciudad que por primera vez se vistió tricolora al recibir victorioso al Ejército Trigarante encabezados por aquellos que un 24 de febrero en Iguala habían sellado con un abrazo el nacimiento de México como nación Independiente.

Cierto es que después de consumada la Independencia nuestra Bandera sufrió algunas modificaciones sólo de estilo, la primera de ellas según el decreto del 2 de noviembre de 1821 al centro de los tres colores en franjas, el águila se posaba sobre un nopal con la cabeza dorada. Depuesto el primer imperio, el 14 de abril de 1823 los colores adoptaron una posición vertical con el águila sin la corona y orlada con los símbolos republicanos de las ramas de encino y laurel. A partir de entonces el águila del escudo tuvo varios cambios, de frente, de perfil y de tres cuartos, no fue sino hasta que Venustiano Carranza expidiera el decreto del 20 de Septiembre  de 1916 por el que el águila se piso de perfil izquierdo para sobre un nopal que brota de una peña rodeada de agua y orlada en la parte de abajo por ramas de laurel y encino tal como la vemos en la actualidad.

Esta es nuestra Bandera, que todos los mexicanos llevamos en el corazón, porque desde niños nuestros padres y nuestros maestros nos enseñaron a honrarla y defenderla, a hacerla nuestra como una parte muy importante de nuestro ser, un símbolo que en sus tres colores y en su diamantino escudo se refleja el espíritu de la Patria, una Patria que exige de cada unos de nosotros al máximo de esfuerzo, que nos llama emular el ejemplo de tantos hombres y mujeres que en el devenir del tiempo han entregado su vida para legarnos una tierra y un cielo limpios como en el que hoy vivimos.

Sacro símbolo de la Patria que con tu señorial ondular nos señalas el amor a México y nos recuerdas que cumpliendo diariamente con nuestros deberes y responsabilidades podremos hacer una patria más grande, más justa, más noble donde con orgullo se formen las nuevas generaciones que al igual que sus padres sentirán vibrar su corazón con las notas del Himno Nacional y el juramento a la Bandera.