Un regalo inesperado para don José en esta navidad

Simples Deducciones

Don José no esperaba nada esta navidad, su corazón aún no se acostumbra a que sus hijos y nietos se hayan olvidado de él y ni una llamada o el antiguo método de comunicación, una carta, llegue a sus manos para hacerle menos fría cada navidad, “88 años de edad, 15 que nadie se acuerda de mí, ya ni recuerdo la cara de mis 3 nietos o ni sé, sí ya son más”, me lo dice mientras evade verme a los ojos, pero no hace falta, en su voz se adivina fácilmente el quebranto que producen las lágrimas, le agradezco que no me mire porque creo, yo también tengo los ojos como él.

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Mi mente se ubica en mi familia, mis noches de navidad y año nuevo, las que se llaman especiales durante el año, y creo me duele como a él, el olvido; su pelo es blanco-gris y tiene manos temblorosas, una vivienda humilde en alguna colonia de Tepic, dos hijos, un hombre y una mujer que se fueron hace 20 años del estado en busca de una mejor vida a Estados Unidos, nunca han regresado; los primeros 4 años le hicieron saber que estaban bien y hasta se, “juntaron a vivir con alguien, me enviaron por correo fotos de mis nietos, me llamaban aquí a la casa, después, una llamada al año de prisa casi siempre, hasta que ya no hubo más”, cuenta que dejó de tener teléfono fijo porque costaba demasiado, y su pensión ganada a base de esfuerzo por más de 30 años en una empresa privada no le alcanza para esos lujos.

“Entonces lo di de baja y no supe a dónde avisarles, pero tienen el número de una vecina que ha sido muy buena, ella sigue con ese teléfono y nunca me han llamado”, recuerda que su esposa falleció hace mucho y nunca más se volvió a casar, hoy la soledad le duele, le lastima, no hay adornos de navidad en su pequeña casa, “ay oiga, si no tengo navidad en el corazón menos aquí, me ceno ese día (el 24) lo de siempre, una taza de avena o café y dos taquitos de frijoles”, y sigue, “el año pasado sí lloré, ¿sabe por qué?, porque oía en la calle a los niños sus gritos, su gusto, y yo aquí sin nadie que me diga feliz navidad o me haga compañía, le dije a Dios que para qué me tiene aquí no entiendo”.

De pronto veo como que todos sus años se le vienen encima con los ojos cargados de recuerdos, sin embargo, para esta navidad y año nuevo, para don José será muy distinto, “una familia que tiene como un año viviendo aquí le he limpiado su jardincito y se lo puse bonito y ándele que me invitaron a cenar navidad y año nuevo, ha de creer que estoy nervioso, bien mucho porque ni sé que me voy a poner”, le digo que no se vaya a arrepentir y falte, se apresura a cortarme la frase, “no, no, no oiga ya hasta fui con una vecina y le aparté una rosca que le estoy pagando con los trabajitos que hago, creo que me la dio barata, está así grandota (me hace una rueda con sus rugosas y cansadas manos) me la dejó en 60 pesos, ¿si es barata verdad?”, me cuestiona.

Creo que a estas alturas de la plática lo único que quiero es llorar porque me duele la indiferencia, la soledad, el abandono al que sus hijos han enviado a este anciano, ¿cuántos Josés habrá en Tepic, en Nayarit, en todo el país, y en el mundo?, cuántos hijos se han olvidado así como si nada de sus padres, que injusticia y que dolor para estos adultos mayores.

En eso estoy cuando llega la vecina que invitó a don José a cenar, le lleva 4 enchiladas con frijoles fritos para que coma, las recibe con gusto, veo con ansiedad que más que llenarle el estómago le llenan el alma, carente de la calidez familiar que extraña a cada segundo.

Salgo de la casa y la vecina me dice que sí soy algo de él, replico que su amigo de unos meses para acá y le agradezco que le den ese cobijo, “me recuerda tanto a mi padre, falleció hace dos años, el maldito cáncer me lo quitó en medio año, llegamos a este barrio y me encuentro a Josesito y creo que la vida me lo puso para apoyarlo, diario estamos al pendiente de él, le ofrecemos que vaya a casa a hacer reparaciones simples, nada pesado y así mi familia y yo estamos al pendiente de él”, me da tanto gusto que haya gente como ella.

“¿Le dijo que va a venir a cenar con nosotros en navidad?, ya le compramos un suéter que pusimos en el arbolito, nosotros hacemos intercambio de regalos, pero no le diga para que no se mortifique, él no tiene que dar nada, nosotros queremos darle”.

Y entonces me queda claro, hoy don José tendrá una cálida y feliz navidad; gente como su vecina deberíamos haber más y menos como los hijos de él, creo este 24 de diciembre será tan distinto para mí, porque a la hora de estar con mi familia, recordaré con gusto que don José también está feliz, que hoy Dios le da la oportunidad de disfrutar de seres humanos increíbles que lo han sumado a su vida, y pienso que sus hijos no saben de lo que se pierden.

Para concluir, para quienes esta navidad también será distinta es para niños que viven en el municipio de El Nayar, personal de Caravanas de Salud caminaron por lugares donde no entran carros, llevaron piñatas, dulces, ropa abrigadora, comida y varias sorpresas más; les armaron posadas que muchos de los menores indígenas no habían tenido la oportunidad de disfrutar, les entregaron sus bolsas de dulces y alguna prenda, muchas de estas cosas, donaciones de ciudadanos. Los médicos y enfermeras no soltaron sus instrumentos médicos pero los combinaron con esta alegría en una época tan especial como la navidad, felicidades por su empeño en llevar no sólo salud, sino también momentos de alegría en las zonas más apartadas del estado. Mándame tus comentarios, dudas y sugerencias a mi página de Facebook Juan Félix Chávez Flores o a mi correo juanfechavez@gmail.com

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