Afición y estadio que late

Más de 40 mil almas empujando a su equipo: los Tigres

Este estadio late, este estadio gana partidos. Jugar aquí es jugar con 12, quizá con miles. La gente del Uni tiene un talento especial: puede elevar la temperatura en segundos. Sí, como un auténtico Volcán en activo. Saben cuando empujar, cuando esperar. Hasta cuando dejar de hacer su partido para disfrutar. El calor que se produce es el hábitat natural del local y una asfixia desorientadora para el visitante.

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Lo del estadio de Tigres es único. Es como si inclinaran el campo para que los extraños vayan siempre cuesta arriba. Pero hay algo que encanta aún más de esta casa amarilla, su capacidad de crear paisajes. En plena noche bañada de nervios de final, salió el sol. Fue algo así como los atardeceres en la playa, pero a las 9 de la noche. Cuando los equipos salieron a la cancha, cada uno de los más de 40 mil fieles felinos sacaron un papel metálico dorado. La noche brillaba. El marco era espectacular.

Para los jugadores de Tigres era estar auténticamente en la sala de su casa. Apenas asomaban la cabeza recibían una ovación casi fraternal, el público los siente como de su familia. Les aplauden todo. Para devolver la cortesía algunos jugadores alzan la mano, otros sólo sonríen. Tuca, más reservado, sólo dice que sí con un movimiento de cabeza. El equipo no se desborda como su afición increíble. La concentración es primero.

En la cancha, Tigres es una máquina de la posesión de pelota. Los movimientos de cada jugador son tan constantes que leerlos a primera vista es imposible. No quisiera imaginar lo que es para el rival. En el equipo de Ferretti siempre hay alguien desmarcado, siempre se sabe qué hacer, siempre huele a peligro. Gignac es asunto aparte, lo mismo le sonríe a Alcoba como si fueran amigos de toda la vida, que le pica a los espacios, se bota a las bandas o se vuelve sombra de Guido para que el balón le llegue limpio. Marcar a Andre-Pierre está en francés.

Los goles en el Universitario, como dice el más añejo de los clichés por estas tierras, son una erupción. El grito del primer gol de aquel aficionado de gorra blanca y playera amarilla sentado detrás de la portería de Nahuel debió haber durado 30 segundos, ni el más clásico de los narradores aguantaba tanto. Su garganta estaba intacta porque hizo lo mismo en el de Aquino y en el de Sobis. Nadie como la afición de Tigres. Y como él reaccionan los otros 40 mil.