El valor de ser padres

Véritas Liberabit Vos

El hombre realiza durante su vida una serie de roles de acuerdo a su contexto, su momento y circunstancia, quedando muchos de ellos concluidos en el instante de que una acción o actividad se realiza, otros más han sido llamados ontológicamente por la filosofía Aristotélica como accidentes de relación (identificación con algo, como lo es la amistad, noviazgo, compadrazgo entre otros) uniéndose a los de lugar, cantidad, cualidad, acción, pasión, tiempo, lugar, situación y pertenencia, que son los más en el sentido propio de nuestro accionar.

publicidad
Publicidad

Sin embargo aquellos roles que se mantienen de una manera directa e irreversible, son los relacionados con el vínculo familiar que jamás culminarán tanto en esta vida como en la otra, marcando a su vez un binomio tanto en el plano horizontal como en la línea vertical, uno referente al destino e historia particular, el otro elegido voluntariamente y con la decisión de Dios; así nos referimos al aspecto de formar parte de una Familia de que descendemos, a la cual no escogimos, pero que amamos por ser nuestra sangre y nuestro origen de hijos y hermanos, uno siempre es o será el hijo o el hermano de, corroborando civilmente nuestro apellido y científicamente nuestro ADN.

En el otro aspecto, en el vertical está el de nuestra descendencia, acto voluntario con el que se transforma nuestra vida convirtiéndonos de facto en seres que desdoblamos nuestra individualidad y adquirimos un compromiso ineludible hacia un ser que requiere ya de nosotros para su subsistencia y desarrollo tanto físico como espiritual.

En el  capítulo inicial del Génesis, que es el primer libro de la Biblia, se halla constancia de que Dios creó al hombre y a la mujer para ser padres : “Dios creó al hombre a su propia imagen y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos y poblad la tierra (Génesis 1: 27-28).

Siendo así cada padre es beneficiario de un don que excede con creces cualquier otro que posea el ser humano: el privilegio de tener hijos es solo una pequeña parte del privilegio total de lo que representa la paternidad, ya que desde ese momento los padres se convierten en el primero y más importante maestro de sus hijos, el medio por el cual aprenderán a cómo vivir sobre la tierra y convertirla en una preparación para la vida eterna.

En su obra “Manual de la Familia” su autor George Kelly en el capítulo ¿Cómo ser buen padre? Explica que aparte del ejemplo saludable que debe brindarse, un buen padre sigue cuatro reglas fundamentales para moldear la conducta de sus hijos, siendo éstas las siguientes:

Demostrar interés en el bienestar de su hijo; esto se puede hacer dedicándole tiempo cada día si es posible, se deberá tratar con él sus experiencias, temores, éxitos o fracasos, al darse a él en esta forma personal se le proporciona el sentimiento de que puede el hijo confiar en él, para así entenderlo y ayudarlo en sus dificultades, cada niño debe saber que sus padres se preocupan por él, que lo comprenden, y se interesan por su bienestar.

Debe aceptar a su hijo como es y estimularlo a desarrollar sus aptitudes; cada hijo es un don de Dios y los padres deben aceptar siempre cada uno de ellos con espíritu de gratitud, de hecho un hijo con capacidades diferentes, es tomado por los padres virtuosos como una oportunidad para volcar hacia él más amor, más afecto, y orientación de lo que pueda necesitar un niño con características ordinarias, recordemos que un hijo desde el momento mismo de ser concebido ya es un ser humano con aptitudes y características que a veces como padres no podemos apreciar.

Nunca rehuir a las tareas no agradables que lleva la paternidad; debe haber un equilibrio entre los padres para distribuirse las diferentes responsabilidades con los hijos que en ningún momento está indicado que sean labores exclusivas de la mamá o el papá, y sobre todo no deben de dejarse vacíos en los aspectos de autoridad, la cual debes ser muy clara y pertinente.

El padre debe mantener comunicación con los hijos; hay muchas cosas que los seres humanos prefieren mantener para sí, y probablemente está bien que así ocurra, sin embargo, el niño debe saber que en tiempos difíciles o angustiosos tiene un consejero a quién acudir que lo ama y por ende lo entiende. El padre con este deber, si hace el esfuerzo de tratar a su hijo brindándole confianza y con una comprensión basada en el recuerdo de las dificultades, problemas, temores, y aspiraciones de su propia adolescencia, el padre jamás deberá poner en ridículo a su hijo, esto es opuesto a la comprensión y probablemente cierre más puertas entre padre e hijo que ninguna otra actitud.

De lo seleccionado de la obra en cuestión, se pueden derivar muchos otros consejos y claro que podrán haber otros puntos importantes que ayuden a todo aquel que desea ser mejor con sus hijos, esos seres en que todos los que somos padres ciframos nuestra propia felicidad, una felicidad basada en un espíritu de entrega y desprendimiento de nuestro propio egoísmo por amor a los seres que llevan en su rostro y en sus actos la herencia de una vida que queremos que perdure en la descendencia física y espiritual que ellos puedan darnos, donde invariablemente se verá reflejado el sello de amor y de ejemplo que pudiéramos nosotros imprimir, dejando en claro que la paternidad es un enorme privilegio que conlleva una enorme pero satisfactoria responsabilidad.

Publicidad