Entre misiles e incienso

Véritas Liberabit Vos

La Semana Santa de este año 2017 nos llega precedida de uno de los ataques más viles dentro de la ya dolorosa guerra de Siria, nos referimos al ataque realizado el pasado martes 4 de abril sobre la población civil de la aldea de Jean Sheijoun utilizando un arma química por demás deleznable: el gas sarín, una fórmula que al contacto con el organismo provoca un ataque sobre el sistema nervioso bloqueando un neurotransmisor llamado acetilcolina lo que provoca en el ser humano excesivas convulsiones que conllevan a paro respiratorio, pérdida de conciencia hasta dar con los estertores de la muerte.

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Y claro,  como vivimos en un mundo por demás comunicado y visible, las escenas dantescas de niños apilados con sus cuerpos inertes retorcidos y con sus pulmones destrozados por el efecto del gas  presentaban a nuestros ojos que captaban esas imágenes mientras que nuestro corazón como el de la mayoría del mundo se indignaba y volteaba al cielo preguntando cómo es posible que exista tanta maldad.

Las cifras de este artero e inhumano ataque nos señalaban noventa personas fallecidas y más de un centenar de heridas en condiciones sumamente graves y que era necesario trasladar a lugares donde pudieran recibir la atención requerida lo más próximo sería Turquía, ya que Siria por la misma situación de más de cinco años en pugna civil no tenía lugar para ello.

De nada sirvieron los acuerdos anteriores que datan del verano de 2013 donde el Presidente sirio Bashar al Assad firmo junto a sus homólogos de Rusia y Estados Unidos comprometiéndose a no poseer armas químicas así como a tener un estricto control en todo lo que respecta a armamento e instalaciones, volvemos al hecho actual donde el valor de la firma y más aún el valor de la palabra quedan en un concepto por demás volátil y poco formal, aun tratándose de la vida, sobre todo de inocentes.

Y si esto no acababa de digerirse, la violencia se respondió con más violencia, casi 48 horas después el gobierno de Trump enfiló armas y disparó toda una artillería (se dice que fueron más de 60 misiles Tomahawk) sobre una base militar de Siria desde donde se dice fueron lanzadas las bombas dos días antes, todo esto con la mirada expectante de Rusia y los análisis políticos sobre las consecuencias que podrían tener en la escena mundial estos ataques que aparentemente Donald Trump al poder

Los tambores de la Guerra, el olor a pólvora, la sangre derramada, las escenas por demás crueles de las víctimas inocentes provocadas por la vesania humana, los discursos que en su contexto hablan de más ataques y de destrucción y aniquilamiento pareciese ser el común denominador de estos aciagos días, estos días que llegan a nosotros con un sentido más de amor, de comprensión, de esperanza, son los días en que el alma debiera dar una tregua a toda esa insania y falsa vanagloria que llena de soberbia y hace que el hombre se transforme como lo dijera Thomas Hobbes en su libro “Leviatán”: Homo homini lupus est  (el hombre se convierte en el lobo del hombre) demostrando su poder por encima de cualquier privilegio o de cualquier condición humana.

Y si menciono esta Semana Santa es porque creo yo que en el sentimiento de la mayoría de  habitantes del mundo sobre todo del orbe creyente, está dentro de nuestro corazón el deseo de que toda esa convulsión y exacerbación de los conflictos generados por la guerra culminen de la mejor forma, que esos ataques inmisericordes sobre la población civil que más pareciera un ataque incivilizado no propio del siglo XXI sino más bien primitivo, descarnado, no propio del siglo XXI, que dista mucho del mundo civilizado.

Pareciese que pensar en una tregua por Semana Santa es una ilusión onírica y más bien ingenua, donde en lugar de escuchar el sonido de las bombas y aspirar los vapores de veneno que destruyen el corazón, se pudiera aspirar la etérea fragancia del incienso y  escuchar la lectura de un fragmento  del Salmo 23, el mismo que en medio de la Primera Guerra Mundial una nochebuena de 1914 fue leído tanto por alemanes como ingleses que en medio de una feroz lucha tuvieron a bien dejar a un lado las armas y recordar que hacía casi veinte siglos vino a la tierra un ser cuya palabra estaba encaminada a buscar la paz entre los hombres y la búsqueda de la vida eterna.

Iniciamos así esta Semana Santa, los augurios no son muy buenos referentes a que se pueda encontrar un camino de paz en esta dolida tierra de Siria, tierra limítrofe a donde se hará referencia en estos días de lo que fue el mayor ejemplo de entrega y de amor para el género humano, donde se alcanzó la Redención por el sacrificio de un hombre que aun estando en el momento más doloroso pidió al Eterno Padre por sus verdugos “Perdónalos Señor porque no saben lo que hacen”

Ojala en estos días Santos una de las peticiones más mencionadas que pueda haber sea por la Paz en Siria, por la Paz del mundo.

El Señor es mi pastor, nada me falta.

Sobre pastos verdes me hace reposar,

por aguas tranquilas me conduce.

El Señor me da nueva fuerza,

me consuela, me hace perseverar.

Me lleva por el buen camino,

por el amor de su nombre.

Aunque camine por un valle oscuro

no temeré mal alguno porque Él está conmigo.