Ha muerto Mario Coz, uno de los hombres más inteligentes que he conocido

Mario Coz, Mario Ávila Bañuelos, escritor excepcional, mente brillante, lector como pocos, poeta divinalista y endemoniado faquir de su propia existencia, murió su vida terrenal este 30 de marzo del 2017.

Nos conocimos en 1981 aquí en Tepic, cuando de casualidad ambos habíamos llegado de la ciudad de México por distintos rumbos. Nos presentó Alejandro Pineda en un café cerca de palacio de gobierno y nos llevó a platicar con Pancho Angulo sobre un suplemento cultural del nuevo periódico Sigloveintiuno.

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Iniciamos una amistad que jamás cesó. Incluso se convirtió en hermandad. Por Mario Coz conocí a Mario Santiago Papasquiaro en la Casa del Lago de la capital de la república. Nos unía la poesía. Parecíamos vagabundos pero éramos poetas. Poetas y vagos. Poetas y briagos.

Tengo infinidad de diálogos con Mario Coz cuando la comunicación digital era por correo electrónico, del 2007 y 2008 principalmente. Para esos años ya tenía un punzante dolor de huesos y de nervios y de todo. Sufría lo bastante para considerarse muerto en vida. Se encerraba y no nos dejaba verle. De pronto “depertaba” de su infierno doloroso y se ponía a escribir, enviándonos textos maravillosos a Luis Méndez, a Marcos Herrera y a mí.

Tengo todos sus libros, incluso el último en digital. Era un cronista críptico, sabroso, de sarcasmos y de escenarios caricaturescos. No quiero decir más de Mario Coz ahora, solo recrear en esta crónica un poema de mi serie “Aplausos Grabados”, que escribí por ahí del 2004.

Nosotros mismos, no, Mario

¿Quién nos detuvo?

-nosotros mismos, no-

Sería ese acompañante, sombra efímera,

que se bebió su parte del tequila

Me preguntaste si te hablaba

y yo a mi vez te pregunté si tú me hablabas

Y no era nadie,

como no somos nada en este mundo

—–

El mullido fragor de este camino

era el todo en sí mismo

Nuestros nomás los pasos del zacate

Nuestros nomás los ojos- fuente

de fluidos purpurinos sorprendidos

Lo demás era incógnito

—–

Por fin, algo extraño se aparecía a la gente

por fin, la oscuridad se le materializaba

al par de errantes, de miedo rutilantes

Finalmente había otro Dios enmedio,

un trago de veneno y una mordida al fruto

purgando por pecar

Sacramentos castigos, alucinaciones veniales

cristos batracios, vírgenes quedas

Un hacedor devoto del bosque, a la derecha,

y a la izquierda, las luces

que de cerca y de lejos bamboleaban

—–

Deja de llover y el viento viaja alto

Dejan de crujir las hojas de los árboles

Dejan las suelas de friccionar la hierba

Deja de oler a alcohol nuestro tequila

Muere el ticús, muere la víbora

El cableado -alta tensión anula su energía

—–

yo no te hablaba yo no era

tú no me hablabas tú no eras

Aún así no creíamos en sustos

Yo pensaba, “no creo en la luz”

y ésta se apagaba de un flamazo

Tu creías que un cielo sin estrellas

era solo una cubierta de teflón

concha de mar visual

sin las complejidades matemáticas

del metro decimal

o el lento calendario de fechas por morir

Los designios se cumplen,

se abaratan, si es otro el que los sueña,

  y si nosotros somos propietarios del verbo

“Ya vámonos”, predije

y desapareció el dueño de esta insidia

—–

Hoy se plañe sin lágrimas

pero con ayes lastimeros

¡Ahora solo la niebla no nos castra¡

¡Solo lo que se bebe moja¡

El tercero era yo, el segundo eras tú

el primero quién sabe

De la aurora no era su voz

Del sol no era su cara

Del paisaje matinal no era tan bello

Y no era tan contemporáneo

Como los frenos de motor

o el humo del chacuaco

¿Quién nos detuvo?

¡Porque nosotros mismos, no, mi hermano!, ¡Mario!

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