Los 20 minutos que le arrebaté a Juan Villoro

En 1981, por intermedio de un amigo de Tepic, conocí en el parque de Chapultepec de la capital de la república a Mario Santiago Papasquiaro, (realmente llamado  José Alfredo Zendejas Pineda), poeta infrarrealista.

Yo también escribía poesía en aquellos años y fue un encuentro interesante. Dos vagos frente a frente. Mario Santiago y yo hicimos una buena amistad, basada en lecturas y escrituras. Pero más que eso, nos unía la parranda, una bohemia interminable. De inmediato empezamos a recorrer la ciudad caminando sin rumbo, sin horario, sin símbolos, sin cuadraturas.

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No duramos mucho así. Cada quien emprendió su rumbo. No volví a saber de él por muchos años.

Hasta 2001 lo recordé. Me pregunté qué había sido de mi amigo el poeta Mario y desde una computadora rentada aquí en Tepic le pregunté a Google por “Mario Santiago”. El buscador me contestó “Mario Santiago Papasquiaro”, y al abrir archivos me convencí que se trataba de mi compañero de andanzas de hacía 20 años. Se había añadido el apellido Papasquiaro por la tierra natal de uno de nuestros favoritos, José Revueltas.

Pero también Google me llevó a una nota de La Jornada firmada por el columnista Juan Villoro donde se informaba que Mario Santiago Papasquiaro había muerto en enero de 1998 atropellado por un camión urbano en un transitado crucero de la capital del país.

La nota de Villoro en La Jornada también me quería decir que mi amigo era ya muy famoso. Que ya le habían hecho un libro, “Aullido de Cisne” y que era ave de tempestades. Unos lo querían y otros lo odiaban, tanto por sus escritos como por su comportamiento.

Ahondé en la búsqueda y me encontré con amigos de Mario que habían creado una página del “Movimiento Infrarrealista”, del que Mario Santiago fue creador junto al narrador chileno Roberto Bolaño a mediados de los setenta.

Establecí contactos vía email con dicha página y ahora soy amigo de los amigos de Mario. Los visito con relativa frecuencia al DF, a Morelia, a Puebla.  Algunos de ellos han venido a Tepic en 2004 y 2007.

Un hermano de Mario Santiago Papasquiaro, Héctor Zendejas Pineda, que al igual que yo no somos infrarrealistas pero tenemos la relación de amistad y de sangre respectivamente, es un magnífico personaje. Héctor es un declamador excelente. Tenemos contacto en Facebook y acostumbramos chatear desde Puebla a Tepic.

De Héctor tengo chats capturados desde 2007, año en que vino a recitar sus estridentes y revolucionarios poemas a las Ruinas de Jauja. Hay una de esas pláticas que me interesó muy en especial. Héctor habla de la muerte de su célebre hermano Mario. Es un asunto serio que cambia la historia del poeta más renombrado en los últimos 40 años en las letras hispanas. Es un asunto más que serio, muy particular, muy familiar. Pero Mario Santiago es un referente actual de la literatura mexicana, y me parece que no debe haber secretos. No voy a decir aquí lo que Héctor me dijo de su hermano. Pero tampoco lo iba a callar. ¿A quién decirle entonces que los datos de la muerte de Mario sirvan a la historia de la poesía? Solo pensé en aquel Juan Villoro que me dijo en su nota de La Jornada que Papasquiaro ya había muerto.

Juan Villoro en Tepic

Supe de la visita de Juan Villoro a Tepic para la cátedra “Amado Nervo”. Lo fuí a escuchar y no me atreví a abordarlo. Lo rodea mucha gente excesivamente ceremoniosa que no me quiere. No lo intenté.

Luego hace días lo vi programado en el Festival de Letras de Tepic. Tampoco sería fácil hablar con él, pues en esta ocasión vendría más de carrera.

El viernes 19 de junio yo estaba tomando café en los pasillos del Edificio Retes. Pasa un amigo mío y me dice: Venado, ¿No querías hablar tú con Villoro?. –Por qué-, inquirí.  ¡Ahí está dándose bola, frente al Fray!, me enfatiza mi amigo señalando al portal Menchaca. Dejé el café a medias y salté hacia allá.

En efecto, Juan Villoro estaba en un banco y le estaban aseando su calzado. Hojeaba un periódico local. No esperé más. Le dije: Juan Villoro, soy Bernardo Macías, no te quitaré mucho tiempo y solo vengo a hablarte de un amigo en común, de Mario Santiago Papasquiaro. No me contestó pero me fijó su mirada. Proseguí: Conocí a Mario en 1981 y viví en su casa de Isabel la Católica, en lo que ustedes conocen como “La Abadía”, y vengo a ofrecerte copias de un chat de 2007 donde se habla de la muerte de Mario Santiago, creo que te va a interesar.

Como lo supuse, Villoro se quedó muy atento. El Infrarrealismo y sus creadores  Santiago y Bolaño son temas de moda en los cafés literarios de México y Barcelona. Villoro es de los más enterados del tema. Me dijo, ¿Dónde tienes las copias?. Le contesté que a cuarenta metros de ahí. Me pidió que lo esperara a pagarle al bolero y hecho lo cual, me dice, -vamos, pues-.

Llegamos al café y saqué las seis cuartillas de fotocopias de mi maleta. Le ofrecí asiento y aceptó aunque no pidió bebida. Le expliqué otra vez de lo que se trataba y me dijo si contaba con ellas, con las copias. ¡Claro!, le dije, son para tí. Nadie hasta ahora las conoce más que Héctor, yo, y ahora tú. Me agradeció, pues ya le había dado una hojeada al contenido de las copias.

Aproveché su sorpresa, para hablarle como si fuera mi amigo de mucho tiempo: Juanito, te parecerá increíble pero Tepic  es una ciudad de buenos poetas. –Sí-, me ataja, “lo sentí  cuando vine a la Universidad, venir a hablar de Nervo a Tepic es como ir a hablar de futból a Brasil. La gente aquí sabe mucho de poesía y de Nervo”. Luego se notó encantado de que “Oye, qué maravilla ¿eh?, que aquí sea la única ciudad que su aeropuerto lleva el nombre de un poeta”.

Muy brevemente la charla tomó el rumbo de Nervo. Le hice la aclaración: Juanito dijiste en la cátedra que Nervo era católico y no, Nervo murió condecorado como insigne maestro rosacruz.

Villoro aceptó mi comentario. Y luego nos reímos porque confesamos que hasta hace poco los dos éramos antinervianos. Neta, me dice. Neta, le digo. Yo hace apenas hace unos doce años “perdoné” a Nervo, le dije. Y Villoro me contestó pensativo: Yo apenas lo estoy redescubriendo. Soltamos risas nerviosas. Me gustó su trato amigable. Me gustó que no me viera tan rancheroplón. Al pasar la gente lo conocía y él autografiaba libros. Un amigo mío, Andrés Martínez, nos descubre, saluda, y se cuadra a tomarnos una foto. Villoro no tuvo reticencia de ello.

Fueron veinte minutos que a cualquier otro célebre escritor le hubiera bastado decirme en diez segundos: Dame tu número de celular y luego te hablo.

De mi parte quiero que Juan Villoro sea el biógrafo de Mario Santiago Papasquiaro. Se lo propuse y no me dijo que no, se me quedó viendo a mis ojos, como diciendo: ¿Quién es éste, pues?

Villoro vio su reloj y ya le tocaba presentarse en el festival de letras. No tiene cuenta de Facebook, pero me dio su correo electrónico. Tengo otros datos que compartirle para la biografía de mi amigo de parrandas, el poeta infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro.

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