Los hombres de las estatuas (Quinta parte)

Véritas Liberabit Vos

Una de las cuestiones más disímbolas de nuestra Historia, es el hecho de que somos un país que fusiló no solo a quién se conoce como el Padre de  Patria Miguel Hidalgo y Costilla al que vitoreamos cada día 15 de septiembre en el tradicional y patriótico Grito de Independencia y cuya imagen se presenta en banderas, carteles y castillos de colores, al cura Hidalgo se le llevó al paredón un 30 de julio de 1811 en la ciudad de Chihuahua, solo 10 meses y medio después de su trascendente alocución en el templo de Dolores Hidalgo, similar suerte acaeció con el consumador de la Independencia Agustín de Iturbide que después de abdicar al trono en 1823 e irse al  destierro rumbo Liorna Italia, regresó al país por el Puerto de Tampico, siendo descubierto narran las crónicas por su gallarda forma de montar a caballo, y sin más juicio que la orden letal que había sobre su persona fue fusilado un 19 de julio de 1824 en Padilla Tamaulipas, por cierto el General Vicente Guerrero segundo Presidente de México y pieza fundamental junto con Iturbide en la consumación de la Independencia, fue traicionado por Anastasio Bustamante que a cambio de 50 000 pesos que ofreció al mercenario genovés Francisco Picaluga para entregarlo y posteriormente condenarlo a muerte el 14 de febrero de 1831; si a esta situación agregamos que al gran apóstol de la democracia, Francisco I. Madero que marcó el parteaguas del México del Siglo XX con su movimiento anti reeleccionista y social cayó abatido por las balas de la traición a menos de un año de consumada su obra, una triste situación digna de reflexión.

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De tres ellos Hidalgo, Guerrero y Madero hay estatuas, escuelas, calles que llevan su nombre, dos Estados de la República orgullosamente portan el apellido de los primeros y las páginas de la Historia están ilustradas con sus vidas y logros, de Iturbide no, él ha pasado a ocupar un lugar diferente de nuestra Historia oficial, no se le ha perdonado el que se haya conferido el título de Emperador y que se opusiera a los planes del vecino País del Norte en boca de su ministro plenipotenciario Joel R. Poinsset que pugnaba por esos deseados territorios que perderíamos años después en 1847; de Iturbide queda una inscripción en la Capilla de San Felipe de Jesús en la Ciudad de México que dice así: “Agustín de Iturbide, autor de la Independencia de México, compatriota, llóralo, pasajero admíralo; este monumento guarda las cenizas de un héroe, su alma descansa en el seno de Dios”.

En 1854 siendo Presidente Antonio López de Santa Anna (de no grata memoria para el País) hubo otro intento por reconocer la figura de Iturbide, ese año cuando se dio a conocer por primera vez el Himno Nacional mexicano una de sus estrofas, la sexta, hacía alusión al consumador “ Si a la lid contra hueste enemiga, nos convoca la trompa guerrera de Iturbide la sacra bandera, mexicanos valientes seguid; y a los fieros bridones les sirvan, las vencidas enseñas de alfombras, los laureles del triunfo den sombra a la frente del bravo adalid” esta estrofa junto con la número 4 de este marcial himno, que claro hacía alusión a su “Alteza Serenísima” como se hacía llamar en esos tiempos el jalapeño General fueron eliminados de la redacción del mismo, quedando solo como referencia para escudriñar en el tiempo.

Por cierto de la descendencia de Iturbide hay datos sumamente interesantes; durante el Segundo Imperio (1864/1867) al no haber descendencia del matrimonio entre Maximiliano y Carlota, estos tuvieron a bien obtener la tutela el 9 de septiembre de 1865 de dos nietos del Emperador Iturbide, nos referimos a Salvador de Iturbide y Marzán de dieciséis años y de Agustín de Iturbide y Green este último de tres años; a ambos se les dio el tratamiento y título de Príncipe de Iturbide colocándolos en la línea de sucesión solo detrás de Maximiliano y de su esposa la emperatriz, quedando para el pequeño Agustín el turno sucesorio ya que Salvador era el octavo hijo del Emperador, junto a ello para formalizar la tutela se incorporó a Josefa de Iturbide y Huarte tía de los dos jóvenes, de esta forma se unificaría y mantendría una dinastía real, al niño Agustín se le conservó junto a su tía en el Castillo de Chapultepec y a su primo Salvador se le envió a Europa específicamente a París, y después a Hungría donde gobernaba el hermano mayor de Maximiliano Francisco José I de Austria.

Sabemos que esta sucesión nuca se llevó ya que la Historia toma diversos derroteros y el que tomó para México se bifurcó y culminó en el Cerro de las Campanas ya con el declive del segundo Imperio, Carlota al dejar México para ir a pedir apoyo a Europa y el Vaticano se lleva consigo a Agustín que es entregado a su madre en una escala que se hace en la Isla de Cuba, su primo continuó su vida en Europa a la muerte de Maximiliano recibió una pensión por parte del Imperio austriaco de 10 000 francos e hizo su vida allá y nunca regresó a México.

Por cierto un dato que es poco conocido, el padre de este joven Don Salvador María de Iturbide  y Huarte octavo descendiente del Dragón de Hierro fue nombrado en 1856 Administrador de la Aduana Marítima de Tepic, por lo que trasladó su residencia a esta ciudad y cuenta la historia que a los días de llegado una calurosa tarde del 7 de junio quiso mitigar el calor bañándose tranquilamente en las aguas del Río Mololoa con tan mala fortuna que estando ahí sufrió un ataque de apoplejía y sin ningún tipo de auxilio falleció ahogado, su cadáver fue encontrado en el puente justo frente a donde hoy hay una Preparatoria, sus restos reposan en una discreta tumba del Panteón Hidalgo de esta capital de Nayarit, ¿ataque de apoplejía? ¿Bañarse solo en un río? Pero esto, esto será otra historia.