Los hombres de las estatuas (Sexta y última parte)

Véritas Liberabit Vos

Durante el siglo pasado la figura presidencial llegaba a tener toques casi celestiales, no existía hombre más poderoso en presencia y palabra que el Presidente de la República quién durante seis años era la representación misma del Tlatoani prehispánico y del monarca ibérico en una sincrética conjunción, sus maneras tan singulares en su voz y entonación engolada y alambicada al leer un discurso o dirigirse a sus conciudadanos, sus formas de saludo tan características y sobre todo ese culto a su personalidad tal cual dijera el politólogo Daniel Cosío Villegas en su obra “EL Estilo personal de gobernar”.

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Toda esa amalgama hilemórfica llegaba al extremo del paroxismo todos los días primero de septiembre de cada año cuando el mandatario exponía ante el pleno del H. Congreso de la Unión su informe anual, todo el país se paralizaba y se decretaba prácticamente “El Día del Presidente” donde el ejecutivo era el protagonista principal y único dentro de un marco de entrega a su persona y parafernalia al ver avanzar al Presidente en su recorrido en un vehículo descapotado fuerte y marcialmente custodiado bajo una incesante lluvia de papeles tricolores al unísono de vítores, melodías de mariachi, pancartas, loas, flores, mantas, flashes que no dejaban de sonar, la apoteosis total.

Luego en la tribuna una lectura densa, emotiva, motivo principal para que en las escuelas los maestros dejaran como tarea ya que en esos tiempos ese día era inhábil a que viéramos u oyéramos (recordemos a las nuevas generaciones que la televisión llego en los años sesentas y era la radio el principal medio de transmisión directa) el informe para llevar a clase un resumen de lo dicho por el Presidente, rara era aquél que podía seguir el hilo conductor de aquel largo y poco entendible discurso para los escolapios de Educación Básica que se remitían a escribir lo primero y esperar la andanada de aplausos que interrumpían por algún tema o dato en particular de interés que era mencionado, y una vez terminado venía la glosa del mismo por aquella persona en quien recaía el honor de contestar el informe.

Aportando datos ilustrativos de este acontecimiento que llegó a ser parte de nuestra Historia, tenemos que el discurso más largo le corresponde a Abelardo L. Rodríguez con una duración de 7 horas y casi 35 minutos, el de menor duración fue el quinto informe de Vicente Fox donde solo pudo expresar 65 palabras siendo también el más abucheado; el informe con más interrupciones pero este de aplausos con 40 fue el de José López Portillo en  su sexto y último informe que ha quedado en la posteridad por ser aquél donde mencionó que “defendería el peso como un perro”, donde histriónicamente lloró y pidió perdón a los mexicanos por no haber evitado el saqueo, pero prometió que no nos volverían a saquear, y donde anunció como medida enérgica la estatización de la Banca; Lázaro Cárdenas fue el primero en transmitir un informe completo por radio en 1936 y Miguel Alemán Valdés el primero en transmitirlo por televisión comercial, fue hasta 1966 cuando por primera vez una mujer contestó un informe eso fue en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, por cierto fue con Pascual Ortiz Rubio en 1930 que se decretó el 1 de septiembre como día oficial del informe.

Esta imagen incólume fue perdiendo fuerza y adaptándose a los cambios del Nuevo Orden Mundial; en aquellos años hacer escarnio o vituperio de la figura de los Pinos esa sancionada recordemos al célebre personaje de las carpas Jesús Martínez “Palillo” que varias veces fue arrestado por insistir en sus espectáculos en la mofa de la imagen del mandatario, aquellas revistas como “Los Agachados” o “Los Supermachos” del autor Rius eran lo que públicamente se permitía como crítica al sistema y al presidencialismo, películas como “México México ra, ra,ra” o “En la Cuerda del hambre” llevaban ya un tono más bélico y permisivo que vino a manifestarse en el primer informe de Gobierno que fue interrumpido por la oposición y este se dio con Miguel de la Madrid Hurtado un 1 de septiembre de 1988 cuando Porfirio Muñoz Ledo que con su voz rompió un paradigma ancestral de respetar los elogios y las buenas maneras cambiándolas por los gritos, interpelaciones, puños crispados que marcaron la pauta para los siguientes informes presidenciales donde ya no sería raro ver a un Marco Rascón con una máscara de un cerdo, boletas electorales colocadas como orejas o antifaces, insultos, consignas, mantas, pancartas, impedimento para una sesión o abandono de la sala entre otras muchas cosas.

Ahí había muerto una época y había nacido otra, ya Felipe Calderón optó fundamentándose en la ley (que nunca señaló que el informe debería leerse pero como Guadalupe Victoria en 1825 lo hizo, todos los demás Presidentes lo emularon) por no leer el informe y solo entregarlo por interpósita persona en la figura del Secretario de Gobernación; costumbre seguida por Enrique Peña Nieto; ahí en ese momento quedó sepultado una época significativa de nuestra Historia, que si bien reconocemos estaba basada en el respeto y la formalidad a una investidura como representa la máxima autoridad del País, los excesos y atribuciones vinieron a cambiar a un ambiente de libertad y probable equidad, pero que considero ha caído en excesos de libertinaje rayando en lo grosero y poco civil hacia quien ostenta este cargo.

Hoy ya no encontraremos discursos kilométricos y tareas  escolares sobre el mismo, ni desfiles y besamanos con una sibarita mezcla de incienso y olivo, ni la irredenta figura de personajes que emulaban a Quetzalcóatl y que en su honor aún en vida se le construían estatuas como una manera de perpetuar así su incondicionalidad no a la persona sino al puesto que representaban por ese efímero tiempo, tan efímero que una estatua ecuestre de José López Portillo erigida en Nuevo León hoy luce mutilada y abandonada en un lote fuera del estrépito y gozo, lo mismo que una de Vicente Fox en Veracruz, ahí están los Hombres de las Estatuas de carne y hueso; he ahí las dichas del mundo, he ahí las  glorias vanas, esas estatuas que tal vez no digan mucho, pero en ellas retumban las emotivas palabras: “Que la Nación os lo premie, si no os lo demande”.