Los vaivenes de un sexenio

Véritas Liberabit Vos

Mucho se habla de la soledad del poder, de ese momento en que un mandatario se enfrenta únicamente a sus pensamientos y decisiones, ahí la persona con más poder y capacidad de decisión, el imán de los medios de comunicación, se encuentra alejado del bullicio y de las multitudes, ahí entre esas cuatro paredes ya sin el glamur o la parafernalia de los actos masivos se encuentra asimismo  con el hombre y deja de ser EL HOMBRE de cuya palabra se sostiene un país, en ese momento solo por su cabeza pueden girar todas las expectativas, planes, sueños o temores que durante su mandato se vivieron, de los vaivenes que desde la candidatura hasta las horas previas a la entrega del poder en manos de su sucesor se dieron y se vivieron, no hay marcha atrás, la historia ha quedado escrita y es el momento de retornar hacia el principio, un principio que iniciara seis años antes y del cual lastimosamente ya no hay retorno.

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De ese momento podemos hablar tal como lo retrata una persona que fue testigo de esos seis importantes años que conforman la vida de quien porta el cargo ejecutivo de un país como el nuestro, me refiero al Lic. Miguel Alemán Velasco hijo del Presidente de México Miguel Alemán Valdez (1946 – 1952) quien escribiera un libro titulado “Si el Águila Hablara” donde nos narra entre títulos de canciones mexicanas las diferentes etapas o síndromes por los que los residentes de Los Pinos transitan en cada uno de los años en que ostentan el poder, en esta obra incluyo la historia de 10 sexenios desde Lázaro Cárdenas hasta Carlos Salinas de Gortari, pero bien puede extenderse hasta nuestros días incluyendo al actual mandatario, claro durante estos últimos sexenios se dio en 2000 una alternancia en el partido en el poder, pero los mandatarios son tan seres humanos independientemente del color o partido que representen.

El autor nos habla de los seis síndromes representativos de cada año, iniciando con el de Santa Claus o Los Reyes Magos así es conocido el primer año donde el mandatario desea conocerlo todo para poderlo resolver, intenta estar en todos los lugares, recibir y contestar todas las cartas especialmente las que recolectó en la campaña como candidato, intenta controlar y resarcir daños de las administraciones pasadas detallando errores pasados, llega así en un santiamén al fin de su primer año y se percata de que no ha sido posible resolver todo y entonces aparece el síndrome de su segundo año, que es el del Coordinador, aquí sabedor de que no puede hacer todo solo, entonces empieza a delegar, crear comisiones, equipos de trabajo, sabiendo que mejor es quedarse a coordinar el trabajo de toda la sociedad, de los partidos, tratar de desarrollar un plan para no ser un solitario de palacio, pidiendo así cuentas a todos aquellos involucrados en cada una de las células o comisiones creadas exprofeso, funcionando unas, empantanadas otras, se llega al tercer año donde es el momento de reflexionar, de hacer balances y darse cuenta que su verdad es la única y punto, por lo que se reviste del síndrome del Mesías sabedor de que sustenta las riendas del poder empieza a deshacerse o eliminar de su equipo a quien crea necesario, y medita, medita en lo que se ha hecho y en lo que falta por hacer, revisa el “aplausómetro” y sus records, ahora su meta es romper records, entendiendo que ningún otro antecesor suyo había hecho nada igual y que difícilmente lograrán algo similar, es un año de luces y claroscuros pero que estos últimos son opacados por el esplendor de las luminarias cegadoras.

Bajo la resaca de esta algarabía interna se despierta en su cuarto año, un año de embrujos y de ensueños salpicado de intrigas y rumores, de ramificaciones variopintas cual cuento sacado de las Mil y una Noches y de ahí deriva el nombre de este cuarto síndrome el de Harún Al Rashid el famoso comendador que debía escoger entre mil opciones cuál sería aquella que mejor le conviniera y que ponía oídos para poder tomar la decisión más adecuada; así en este año el mandatario se rodea de un grupo de confianza que tal vez no serán lores pero si los que considera mantienen la fidelidad y el entendimiento a su persona, es así que como en el cuento mencionado elige la que será su mejor obra, la obra de su sexenio que cual Sherezada lo hará pasar a la posteridad, es la una entre mil, y cual sueño embelesado el alba llega con el quinto año que lo transforman en un Iván el Terrible donde ya en su ser hay una desconfianza casi hasta de su sombra, los medios son una avalancha que lo acosan e inmovilizan, se intenta buscar la fraternidad, la unidad, la tolerancia, los derechos humanos, la solidaridad, es un año difícil, normalmente caracterizado con algún desastre natural, social o político, es el tiempo de buscar al hombre que lo habrá de suceder, a quién mejor haya desempeñado su trabajo, al más efectivo, al más honesto, es tiempo de buscar nuevas misiones, relaciones, financiamiento, confianza, esperanza, pero el tiempo se acaba.

Y así el sexto año cuando ya se sabe quién es el candidato y ahora todos los reflectores y medios ya no están sobre de él, sino del nuevo, el ungido, surge el síndrome del Premio Nobel, donde este personaje se dice a sí mismo, “si el pueblo no me supo comprender, el mundo si sabrá apreciar mi obra” y bajo este mundo de pensamientos llega el momento sentimental de colocar la banda en el pecho de su sucesor y encarnar el síndrome de La Esfinge donde las reglas no escritas dicen que solo hay que mirar y no hablar, otros podrán decir que es un agua mineral, con todo el contenido pero ya sin gas, así se retira del escenario por la puerta de un costado recordando en un suspiro la película de los seis años vividos, que ya no volverán.