Nosotros te matamos Adriana

Realidad y ficción, simples coincidencias

Hace un par de miles de años, un grupo  de hombres se reunieron para apedrear a una mujer. La razón era sencilla: así lo dictaba el antiguo testamento. Ese grupo de hombres estaban furiosos porque la mujer, acusada de prostitución, flagelaba los fundamentos de la familia y de la religión. ¡Pobrecitos hombres! Tan vulnerables y frágiles ante la maldad  de aquella mujer, que decidieron liberarla del pecado matándola a pedradas.

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Estoy seguro que aquellos hombres regresaron a sus casas llenos de pureza, paz y tranquilidad, porque su fin era tan divino que justificaba sus conductas. Pobres, eran víctimas de la lujuria de aquella pecaminosa mujer. ¡Dígame si esto no es una estupidez!

En todos los momentos de la historia nos hacemos víctimas, incluso, de nuestro propio dolo. No, no es cierto, la frase “todos somos Adriana” debería de cambiar y decir: “todos somos Pedro.” Sí, todos somos Pedro, dejemos la doble moral, fuimos y seguiremos siendo cómplices de la violencia contra las mujeres.

Somos una sociedad machista, así nos educaron y así seguimos educando a nuestros hijos. Como el alcohólico, estamos en una etapa de negación: debemos aceptar nuestro problema para poder avanzar en la solución. Pero no verdad, es más fácil echarle la culpa a un desgraciado de todo el problema social. ¿Y sabe qué pasará? El congreso legislará y después de unos meses esa fase de indignación será indiferencia y olvido: un simple y triste recuerdo. Porque nuestra doble moral nos alcanza para eso y más.

Sor Juana lo dijo, y lo dijo bien: Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. A pesar de esto,  parece que sólo la citamos para presumir que leemos, pero al hacerlo evidenciamos dos cosas: que no leemos bien y que tampoco tenemos la capacidad de entender.

Ortega y Gasset se conoce, y se conoce bien: Yo soy yo y mi circunstancia. Pedro es el producto de todos nosotros. Y sí, sabe qué, hay muchos Pedros, y no los busque en otras casas, porque Pedro está ahí, en su esposo, esposa, hijo e hija, en su madre y padre: ¡usted es Pedro! En este preciso momento usted está formando a un Pedro en sus hijos.

Y no,  “no somos Adriana”; todos ¡todos somos Pedro! Su conducta y la mía es la que permitió que Adriana muriera a manos de un desgraciado, porque preferimos taparnos los oídos y los ojos. Sí, después todos nos creemos héroes, pero no se confunda, ¡somos los villanos!

No pretendamos tapar las cosas con una simple legislación, en efecto es un buen paso, pero lejos está de ser la solución.

Nosotros te matamos Adriana, en cada golpe de Pedro iba la desconsideración de todos nosotros. Nosotros te humillamos y flagelamos Adriana, en cada gota de sangre que derramaste iba la mala educación que recibimos y que seguimos replicando en nuestros hijos. Nosotros te matamos Adriana, en cada lágrima de dolor que rodó por tus mejillas iba la inconciencia de considerar a la mujer propiedad del hombre y no de sí misma. Nosotros te matamos Adriana, y en cada grito de sufrimiento en el que suplicabas  clemencia a tu asesino iban las voces de nuestras madres repitiendo que la mujer debe someterse a la voluntad del hombre. Y mientras tú  arrastrabas el cuerpo  cubierto de sangre para ver si alguien te ayudaba, nosotros, los que ahora nos sentimos igual de víctimas que tú, nos carcajeábamos con un video de Facebook.

Nosotros te matamos Adriana, porque “todos somos Pedro”; porque somos el puño que  lastimó tu rostro y  tu alma; porque pudimos ser flor en tu vida, pero decidimos ser espino. 

El desgraciado que te quitó la vida vivirá escuchando tu voz, tus gritos y tus ruegos, quizá no vuelva a tener un minuto de silencio. Que la imagen de tu última lágrima sea su peor castigo. Pero en nosotros  tu silencio debe retumbar en las paredes de las escuelas, de nuestras casas, de las calles, de los tribunales y de la conciencia individual y colectiva de todo un pueblo. Es momento de aceptar la culpa que nos corresponde; pedir perdón por lo que somos y trazar nuevos caminos: a las niñas no les corresponde servir la mesa; esa es tarea de todos.  No debemos seguir educando hijos insensibles: los niños sí lloran y también deben lavar los trastes, barrer y limpiar la cocina. Las niñas no son complemento de nadie, son ellas y sus sueños. No necesitan un hombre para realizarse.

En cada uno de nosotros, hombres  y mujeres, hay un Pedro que debe ser desterrado de todos nuestros pensamientos. Nuestra tarea es formar mejores seres humanos.

Nosotros te matamos Adriana, y por eso te pedimos perdón, porque somos  tan canallas como el  que te quitó la vida.