En el mar la vida es más sabrosa

La verdad… sea dicha

Han iniciado los días calurosos, primaverales, y con ellos nos llegó la Semana Santa. Más allá de la celebración católica que millones de mexicanos acatan religiosamente, los días de vacaciones son maravillosos para salir de la monotonía de nuestras cotidianas vidas; para cambiar de aires, y relajar el cuerpo con un buen descanso que nos permita regresar a las actividades cotidianas recargados de nuevas pilas y vibras positivas; bueno, siempre que las vacaciones las planeemos de manera desenfadada, con la firme intención de no estresarnos por nada. Porque precisamente  de lo que se trata es de vivir experiencias que nos lleven a pasar gratos momentos. Aunque en estas fechas los productos alimenticios y los servicios turísticos suelen estar por las nubes, la verdad es que con un poco de ingenio podemos salir adelante con los gastos económicos. Hay a quienes el dinero no les representa ningún problema, son gente pudiente o gente ahorrativa, qué bueno que así sea.  Pero, mire usted, amable lector; cuando uno se decide a salir de vacaciones no hay poder humano que lo detenga; mi padre que en paz descanse, era de los que en Semana Santa nos llevaba de vacaciones hubiera o no dinero; los miércoles por la tarde nos íbamos al súper para llenar la cajuela del auto con pan, atunes, mayonesa, refrescos, servilletas y hasta sardinas. Luego el jueves, muy tempranito salíamos rumbo a la Peñita de Jaltemba en Bahía de Banderas para pasarnos tres inolvidables días de asueto, a veces rentando habitación, otras con amigos, y otras durmiendo en el auto, pero nunca dejábamos de ir, como le digo, con dinero o sin dinero.

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Así que no hay razón alguna para amargarse

En Nayarit existen muchos lugares preciosos para vacacionar, aunque sea en viaje de ida y vuelta: hay arroyos muy apetecibles, lagunas hermosas y encantadas como dicen en las promociones de la Secretaría de Turismo. Tenemos las playas más extraordinarias del mundo, y un enorme paraíso con una amplia vegetación. Hay pueblos mágicos y coloniales. De tal manera que no existen pretextos para pasarnos unos días fuera de serie. Y si por alguna razón no se puede salir más allá de la periferia del bello municipio de Tepic, en esta zona hay albercas públicas y lugares de aguas termales para recibir un merecido descanso. En fin, se avecina una semanita de asueto en la que esperamos a usted le vaya muy bien. No olvide tener mucho cuidado en la carretera, revisar bien su auto, y manejar con bastante precaución. La recomendación, como siempre le digo, es que no se deje robar por los comerciantes abusivos. Mantenga seguras sus pertenencias en el hotel, y por favor, acuérdese de regresar con algo de dinero en el bolsillo para pasar los días previos a la esperada quincena, de tal manera que no tenga que salir corriendo a las casas de empeño donde precisamente esperan esos días para hacer su agosto con la gente necesitada. Ahora que a los tepicenses les ha dado por salir a pasear los fines de semana a San Blas, no está de más repetirles sobre las precauciones que deben tener, pues hombre precavido vale por dos.

Cartas de civilidad

En uno de estos días de asueto me puse a dar una limpiadita al viejo librero que heredé de mi padre Sergio, quien como ya le he platicado amable lector, fue maestro normalista con especialidad en lengua y literatura, así que ya se imaginará usted la cantidad de libros que dejó a mi cuidado; ciertamente los he leído todos, muchas veces, pero hurgando en el librero, por mera casualidad encontré un pequeño libro que precisamente le tocó llevar a mi padre como alumno en su educación primaria allá por el año de 1954, es un ejemplar titulado: Libro Cuarto “SABER LEER”; así que ni tardo ni perezoso me puse a hojearlo con singular curiosidad. Oiga, no cabe duda que en aquellos tiempos había una especial preocupación en las autoridades educativas por fomentar los valores humanos, morales, por inspirar en los niños la educación y el respeto hacia sus semejantes; aquellos libros eran un templo de sabiduría dedicado a la civilidad. Entre tantas joyas literarias que habitan en el añejo libro encontré; “LA CALLE” (Carta a mi hijo) del escritor italiano Edmundo De Amicis. Aquí le transcribo tan original escrito:

Te observaba desde la ventana esta tarde al volver de casa del maestro; tropezaste con una pobre mujer. Cuida mejor de ver cómo andas por la calle. También en ella hay deberes que cumplir. Si tienes cuidado de medir tus pasos y tus gestos en una casa, ¿por qué no has de hacer lo mismo en la calle, que es la casa de todos? Acuérdate Enrique: siempre que encuentres a un anciano, a un pobre, a una mujer con un niño en brazos, a un impedido que anda con muletas, a un hombre encorvado bajo el peso de su carga, a una familia vestida de luto, cédeles el paso con respeto; debemos respetar la vejez, la miseria, el amor maternal, la enfermedad, la fatiga, la muerte. Siempre que veas a una persona a la cual se le viene encima un auto, quítale del peligro, si es un niño; adviértele, si es un hombre. Pregunta siempre qué tiene el niño que veas solo llorando. Recoge el bastón al anciano que lo haya dejado caer.

Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate para no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón. Y cuando pase un hombre maniatado entre dos guardias, no añadas a la curiosidad cruel de la multitud, la tuya: puede ser un inocente. Cesa de hablar con tus compañeros y de sonreír cuando encuentres, o una camilla de hospital que quizá lleva un moribundo, o un cortejo mortuorio,  porque ¡quién sabe si mañana no podría salir uno de tu casa! Mira con reverencia  a todos los muchachos de los establecimientos benéficos que pasan de dos en dos, los ciegos, los mudos, los raquíticos, los huérfanos, los niños abandonados; piensa que son la desventura y la caridad humana los que pasan. Finge siempre no ver a quien tenga una deformación repugnante, ridícula. Apaga siempre las cerillas que te encuentres encendidas al pasar; el no hacerlo podría costar caro a alguno. Responde siempre con finura al que te pregunte por una calle. No mires a nadie riendo; no corras sin necesidad y no grites. Respeta la calle. La educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde notes falta de educación fuera, la encontrarás  también dentro de las casas.

Estudia las calles, estudia la ciudad donde vives, que si mañana fueras lanzado lejos de ella, te alegrarías de tenerla bien presente en la memoria, y de poder recorrer con el pensamiento tu ciudad, tu pequeña patria, la que ha constituido por tantos años tu mundo, donde has dado tus primeros pasos al lado de tu madre, donde has sentido las primeras emociones, abierto tu mente a las primeras ideas, y encontrado los primeros amigos. Ella ha sido una madre para ti: te ha instruido, deleitado y protegido. Estúdiala en sus calles y en su gente; ámala, y cuando oigas que la injurian defiéndela. Tu padre.   Hasta pronto. robleslaopinion@hotmail.com